martes, 12 de junio de 2012

Anatomía de un instante

Él sólo andaba por la calle. Acostumbraba a recorrer a diario la misma ruta, tardaba exactamente siempre el mismo tiempo. Fijaba la vista en los mismos edificios, en las mismas caras, constatando que, efectivamente, la vida seguía su curso. Pasaba por las mismas calles, ante los mismos escaparates y las mismas escuelas, se sentaba en los mismos bancos y bebía siempre en la misma fuente, tres segundos exactos. Se sentía orgulloso de ello. A la misma hora. Fumando la marca de tabaco de siempre. Alzando mecánicamente la cabeza para observar los pájaros, el fluir de las nubes.

Subía por una calle cualquiera que, sin duda, él conocía muy bien. Siempre subía la misma calle. Por la misma acera. Casi manteniendo siempre el mismo paso, la misma velocidad. Aquel día hizo algo inaudito.

Vio pasar a alguien. Fue casi como un susurro, como la brisa que acaricia el pelo por la mañana. Vio unos profundos ojos que le observaban durante un lapso fugaz y su cabeza se perdió. Conocer a alguien. Enamorarse. Hijos. Casa. Dos coches. Una vejez plácida al lado de alguien. Morir sabiendo que se ha hecho algo bueno.

Volteó la cabeza, asombrado. Ya no estaba. Se fue. Al fin y al cabo, puede más el miedo que los sueños.

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