viernes, 22 de junio de 2012

En cinco minutos pueden ocurrir...

Se estaba durmiendo. No había ninguna duda: sus párpados iniciaron un precipitado descenso, la mano sobre la que se apoyaba la barbilla cedía ante el insistente peso de su cabeza y su boca adoptaba la más hilarante de las muecas. Había una voz allá a lo lejos que seguía hablando sin cesar, como si estuvieran dando cuerda al sujeto en cuestión y éste fuera completamente incapaz de dar fin a su incesante cháchara. Al durmiente ya se le confundían los colores y, en un instante de lucidez, fue incapaz de decidir si el pelo de quien hablaba era negro o violeta. El impacto de la inconsciente cabeza fue oído por quien hablaba, y éste no pudo articular ni una sola palabra más. Se oían carcajadas y el hablante llamó al orden sin éxito.

Corría y no podía parar de correr. Por algún motivo que no podía entender, algo le perseguía. No podía parar de correr. Oyó gritos, los peores llantos que había oído nunca. Se topó con un muro. Alzó la vista. Vio una escalera. Empezó a trepar. Algo le perseguía. Se le hizo eterno. Tropezó. Cayó. Giró la cabeza. Asió la escalera de nuevo y reanudó el malogrado intento. Al cabo de muchísimo tiempo, incontable, inconmensurable, llegó arriba. No había nada detrás. Tampoco delante. Aún así, se arrojó al vacío.

El hablante optó por descargar su furia en forma de cachete detrás del cuello del durmiente. Éste levantó la cabeza sobresaltado, sin duda preguntándose qué había pasado. Se restregó los ojos como si hubiera despertado de un largo sueño, sin poder recordar nada. Oyó carcajadas. El rostro del hablante, colorado cual tomate maduro, se volvió en un gesto de indignación. Sus piernas subieron el pequeño escalón que le permitía situarse ante el encerado y retomó su lección. Incapaz de continuar, presa del desconcierto, el hablante dio por concluida la clase. Fuera, fumándose un cigarrillo, el durmiente pensó qué iba a pasar en cinco minutos.

[A Oscar August, aunque no fume]

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