miércoles, 20 de junio de 2012

La última vez

Bello atardecer ante un acantilado. De pie, notas como la brisa te golpea el rostro y sientes que nada puede derrotarte. Nada puede borrar una firme determinación que brota de tu interior. Renovada. Sientes algo, un impulso positivo que te lleva a salir de ti mismo y ver todo el mundo en su totalidad. Una fuerza que te domina, te posee y le permites que se señoree de ti. Canalizas eso hacia ti mismo y te sientes bien. Nuevo. Mejor. Más fuerte.

Inspiras aire. Intensamente, como si fuera la última vez. Enciendes un cigarro como si fuera la última vez. El sol tiñe de rojo todo lo que ves, y por primera vez en la vida, entiendes que te marchitarás del mismo modo. Pero no ahora, ahora no. No es ahora ese momento, ni lo será mañana. El sol saldrá cada mañana y se irá cada atardecer exactamente del mismo modo cada día. Tu no. Cada día puede ser igual al anterior, o no. El olor salado del mar te devuelve a la realidad y ves un barco allí, a lo lejos, tan pequeño como lo eres tú. Libre. O quizá no, pero no le importa. En ese instante, te giras y das la espalda al acantilado. Andas con paso seguro y te alejas cada vez más, sintiéndote un poco más sabio y, sin duda, mucho más pequeño. Fijas la lección en tu mente, sabiendo que no la olvidarás jamás.

Si la vida te golpea una vez, devuélvele dos golpes. Si insiste en hacerte caer, derríbala. Si no puedes levantarte, pide ayuda. Si quieres alzarte por encima de ella, hazlo, nadie te lo impide. Un día te consumirás y, en el rojo de tu atarceder, ante las puertas, sabrás que hiciste lo correcto.

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