miércoles, 13 de junio de 2012

Reflexiones de un hombre


-No me escuchas.
Él se giró, sorprendido. Claro que la escuchaba, o por lo menos, no la interrumpía mientras ella soltaba su cháchara de siempre. Aún así, no le gustaba perder el tiempo y ya pensaba en su próximo proyecto, aquél que supondría un salto profesional enorme en su carrera.

-Sí que te escuchaba, no seas tonta.
-Si te pregunto cuál fue la última cosa que dije, serás completamente incapaz de responder. Dirás cualquier cosa y yo, entonces, tendré que decir que sí para que no te enfades y me montes otro numerito. Tendré que seguir hablando sola para sentir que, por lo menos, mis palabras entran por alguna oreja, aunque salgan por la otra. ¿Por qué?
-¿Qué quieres decir con eso?
-Hace tiempo que no te importo absolutamente nada, ¿verdad? Me he convertido en un mero florero, ¿no? O quizá ya ni eso. Quizá sigues conmigo porque eres un cobarde que no quiere dejarme porque tiene miedo. ¿Te has acomodado? ¿Ya te da igual?. Qué, ¿no vas a decir nada? ¿No vas a responder?
-¿Qué dices? Claro que te escuchaba. Por cierto, ¿qué decías?
-Vete a la mierda.

La calle estaba abarrotada de gente, tal y como tocaba en aquellas fechas. Los escaparates, decorados para la ocasión, exhibían sus mercancías con los precios inflados, tal vez con la esperanza de ganar algo más de dinero. Al fin y al cabo, toca gastar en Navidad, ¿no? Él contempló uno de los comercios. Tres chicas jóvenes atendían a la clientela, casi sin respirar porque apenas les daba tiempo con aquel ajetreo. La gente compraba y compraba, mientras los niños tiraban de los abrigos de sus padres pidiendo este juguete o aquél otro. Al mismo tiempo, enormes grupos casi nómadas corrían de tienda en tienda, buscando el detalle más caro posible para un ser querido. Poco a poco, el cielo se iba tapando y auguraba lluvia. “Si llueve, que se joroben”. Aquello parecía el Dow Jones, con tanta gente gritando, víctimas evidentes del stress.

Ella seguía hablando.

Él vio a dos chicas muy interesantes. Una era morena, bajita y proporcionada. Tenia los ojos azules, pelo negro, pechos espléndidos. Su compañera, más alta pero también más rellenita, era pelirroja y su forma de andar -pensó éĺ- recordaba inevitablemente a la de un pato. “Una pareja rara... ¿serán lesbianas?”. De repente se excitó y se giró para mirar a su pareja.

-Andreu, ¿me escuchas?
-¿Qué?

[De Chuzos de punta. Inicio del capítulo I, La lluvia. Octubre 2010]

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