martes, 24 de julio de 2012

Fields of despair

Te escribo una carta.

Cuando te encuentras en el borde, pocas cosas tienen importancia. Nada tiene importancia. Sólo tu y tu desesperación. Hay putrefacción hasta allá donde alcanza la vista, solamente ves aquello que, sencillamente, sientes. Una negrura insondable gobierna tu alma y te abocas a un vacío que te llena. Algo palpita en tu interior y obedeces. Lo ves claro. Tú y los demás. No vivís. Todo es tan banal que no merece la pena. Para qué, te preguntas mientras respiras. Podrías dejar de hacerlo. Para qué. Ni siquiera la perspectiva de vivir inmerso en un mar negro te asusta. Ya lo has hecho. Podrías volver a hacerlo. Al fin y al cabo, crees que es tu hábitat natural. Crees que no naciste para ser feliz. Crees que no naciste para experimentar placer. Para experimentar amor. Para experimentar cualquiera de las cosas buenas que hay en el mundo. Oh no. A ti te ha tocado verlo todo. Ver la muerte. Ver la putrefacción. Percibes el paso del tiempo no sólo como muerte, sino como acción humana que todo lo destruye sin construir a su paso. Ver como todo se pudre sin que nadie mueva un dedo por evitarlo. No seré yo, te dices, quien lo haga. Disfrutaré de esa decadencia mientras todo se cae a pedazos.

Vives rodeado de personas. Estás solo. Nadie te entiende. Nadie comprende lo que ves. Nadie comprende lo que sientes. Cómo iban a hacerlo, piensas, si sólo viven para sus asuntos. No van más allá. No ven más allá. No ven nada más que sus propios ombligos, y mientras tanto, el tiempo pasa y todo se cae. Voy a ser yo quien lo haga, te preguntas, jamás, respondes. No vas a asumir una responsabilidad por un mundo que no te importa. Cuando en los campos de la desesperación aflora el mal, ya nada puede evitar que esa planta enraíce y crezca. Ya todo está perdido. No hay una salvación. Todo son supercherías baratas que sólo pretenden consolar unas almas que ya se perdieron antes de nacer. Te ríes de ellos, de su ignorancia. Vives sólo por eso. Al fin y al cabo, sigues siendo un cobarde, ¿no es cierto?

Piensas, mientras apuras tu cerveza, que hay unos pocos placeres que puedes permitirte. Pobre iluso. No has aprendido nada.

Has vivido unos cuantos años, ya. Todos ellos inmerso en ese estado febril. Te das cuenta de todo y, sin embargo, no has aprendido nada.

Tu personalidad, oculta, no aflora con los demás. Sabes por qué. Porque eres un cobarde. Te escondes tras una armadura. No has aprendido nada.

Cuando en los campos de la desesperación aflora el mal, no puede nacer nada más. Todo está muerto ahí. No has aprendido nada.

Vas a morir, ¿lo sabes? Por mi propia mano. No hay otro destino para ti. De hecho, ya lo has hecho y, quizá, esta carta sólo pretende sacar un resquicio de ti, de lo que fuiste, de lo que serás. Pobre iluso. No has aprendido nada.

Ahora te veo, ¿lo sabes? Con mis propios ojos. Te pienso. Y creo que probablemente no vuelva a hacerlo. Para qué, formas parte de un mundo que, sí, es en el que vivo. Pero no es en el que vivo. Ya no. ¿Lo sabes? No has aprendido nada.

Por mi propia mano. Con mis propios ojos. Yo, tu yo dentro de unos años, mi plácido amigo de hace unos cuantos años, declaro tu defunción. Porque en los campos de la desesperación, sólo hay muerte. Y de vez en cuando, hay que alzar la vista para ver el sol.

Atentamente,

Tu propio yo.

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