domingo, 22 de julio de 2012

It's electric

Abrió los ojos. El dolor era demasiado intenso como para darse cuenta de lo que estaba sucediendo. En el suelo. Intentó incorporarse sin demasiado éxito. Otra vez. Oteó el paisaje. Las piernas apenas podían sostener su cuerpo. La cabeza le daba vueltas, sus brazos chillaban de dolor como si mil agujas se clavaran simultáneamente a cada bocanada de aire que sus quemados pulmones inhalaban. Parpadeó. Una vez. Otra vez. La vista no se aclaraba y decidió dar un paso. Ojos inundados de lágrimas. Cayó de rodillas. Un vacío insondable en su interior.

Abrió los ojos. Se había dormido. Otra vez. Alcanzó un cigarrillo. La tele seguía emitiendo series, y el ordenador ya le quemaba los muslos. La ventana seguía abierta. Pensó en cerrarla y cortar por lo sano. Por qué no. Porque no, pensó, y se levantó. Un vaso de agua. Una cerveza fría. Se soltó el pelo. Se le escapó una lágrima. Tonto del culo, pensó. Una vez, otra vez. Una ducha. En la calle, todo el mundo seguía andando como si nada existiera. Se sentó ante el quiosco. La proporción de revistas pornográficas le sorprendió. Sacó un cuaderno. Y escribió.

Érase una vez, una persona tirada en un no-lugar inidentificable. 

Lo tachó. Se levantó. Se fue.

Abrió los ojos. Un buen día. Se levantó con ánimos de trabajar. Se puso los auriculares y echó a andar. En el tren, inexpresivas caras le daban los buenos días mientras escribían sin cesar en sus teléfonos. Ajetreadas vidas, sin duda, pensó. Leyó la historia de un enano cabrón muy bajo, muy inteligente, muy menospreciado. Menos mal que no soy él, aunque me sienta como él. Nada, tonterías. Suena el teléfono. Sí, me va bien quedar esta tarde. Una sonrisa. Mucho calor. Hey, buenos días, ¿mucho trabajo? Hoy he aprendido algo nuevo.

Abrió los ojos. El dolor era demasiado intenso como para darse cuenta de lo que estaba sucediendo. En el suelo. Intentó incorporarse sin demasiado éxito. Otra vez. Oteó el paisaje. Las piernas apenas podían sostener su cuerpo. La cabeza le daba vueltas, sus brazos chillaban de dolor como si mil agujas se clavaran simultáneamente a cada bocanada de aire que sus quemados pulmones inhalaban. Parpadeó. Una vez. Otra vez. La vista no se aclaraba y decidió dar un paso. Ojos inundados de lágrimas. Cayó de rodillas. Un vacío insondable en su interior.

Abrió los ojos. Todo le daba igual.

Abrió los ojos. Creía que iba a ser un mal día. Se equivocó.

Abrió los ojos. Para no volverlos a cerrar más. 


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