martes, 3 de julio de 2012

Nacionalismo

Con la consecución reciente por parte del combinado español de la Eurocopa se destapa de nuevo un debate candente, actual y antiguo como lo son los Estados-nación, los reinos europeos, tan antiguo como lo es el ser humano. Pertenecer a un pueblo es un sentimiento, más o menos profundo, compartido en una comunidad de individuos que se organizan administrativamente y culturalmente alrededor de algo. Ese algo no es el Estado, sino la idea de nación. Cuando ambos conceptos confluyen, no hay debate alguno -que no implica que no sea problemático, claro está-. Esto no se da en la mayoría de casos y conocemos numerosos ejemplos, todos motivados por causas similares y que dan lugar a conflictos políticos y armados.

A menudo se dan por una falta de entendimiento. Que la clase dirigente no comprenda las necesidades de una etnia concreta, la oprima, la esclavice en pos de sus intereses particulares provoca guerras, hambruna, familias desmembradas. La creación del estado de Azawad, la guerra de Somalia, el conflicto bosnio, la división de las dos Coreas son ejemplos recientes. Si bien a menudo se puede relacionar la causa del conflicto con cuestiones identitarias, no debemos olvidar nunca que siempre hay otras motivaciones detrás, a saber, políticas y económicas, así como sociales. El concepto de identidad es tan súmamente complejo que no puede ser reducido a conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás, tal y como lo hace la RAE en la segunda acepción de su diccionario electrónico. 


El nacionalismo se manifiesta habitualmente cuando la comunidad que comparte esos rasgos comunes se ve reprimida por otro. La identidad se define siempre por la otredad, una alteridad que siempre está presente. Una conciencia colectiva siempre se posiciona frente a otras, igual que una conciencia individual se establece a sí misma ante sus semejantes. 


Catalunya fija sus precedentes en la antigua corona de Aragón. Su lengua, tan antigua como el castellano -los primeros textos que muestran trazas del catalán medieval datan de los siglos XI y XII-, es tachada de dialecto por el Otro. ¿Por qué? No se debe a una cuestión identitaria, sino a una cuestión relacionada con el poder. Francia es el paradigma de la uniformización de la cultura para lograr el control absoluto y centralizado de la economía, del ejercicio del poder. La rama borbónica que se estableció en el reino de Castilla, y que heredó un conglomerado de reinos de carácter distinto entre sí, intentó acometer la misma operación. Obviamente, no tuvo éxito. Que en Francia no se hable otra lengua mayoritaria que el francés no es una casualidad: el occitano ha quedado en una posición completamente marginal, el bretón apenas existe, etc. En el Estado español, la situación es bien distinta. El ataque al catalanismo no se debe a una cuestión identitaria, del mismo modo que la reivindicación del mismo se debe a, precisamente, su posición dominada. Una cultura dominante no precisa ser publicitada. Algo parecido ocurre con la cuestión vasca, aunque los matices son infinitos. 


Se habla de pertenencia. Pertenencia a un país, a una tierra, a una cultura. Hablante de una lengua y arraigado a unas costumbres. Cuestiones abstractas todas ellas. La idea de patria existe como idea; su concreción tiene mil y una formas. Si miramos un mapa del norte de  África, veremos una constatación de ello. En lo que llamamos el primer mundo, el patriotismo se juega en otra liga. Despachos, salas de conferencias, cámaras gubernamentales. En la calle, cada uno es patriota en la medida que su estómago está lleno. Y las patrias se crean y se destruyen: Alemania y Italia son dos ejemplos claros. Los alemanes que combatieron en la Primera Guerra Mundial defendían una patria que apenas llevaba cincuenta años en pie. Los prusianos unificaron los reinos germánicos a su alrededor y fundaron un Imperio con una identidad que no existía.

El nacionalismo es un triunfo del racionalismo. Tras el sentimiento patriótico del dirigente sólo hay el poder. Tras ese poder, el afán de ejercerlo en los términos que sea. El nacionalismo es un arma política. Siempre. 

Soy catalán de segunda generación. El castellano es mi lengua materna, aprendí el catalán en la escuela y soy completamente bilingüe. Que me llamen español me causa un efecto de extrañamiento que, sin embargo, no tiene lugar cuando me llaman catalán. Pero, por favor, defendámonos de los ataques exteriores con argumentos de peso y no abogando por echar pelotas fuera. No hay espíritu nacional, hay necesidades de la gente que habita en el territorio que comprende esa nación. Hay que apostar por las personas y no por lo que se supone que representan. En ese sentido habría que remar.

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