viernes, 6 de julio de 2012

Retratos humanos (I)

Miró la escena. Había un charco de sangre que se filtraba por las junturas del suelo de piedra. Mechones de pelo aquí y allá, la cara, oculta tras una barba llena de sangre seca. Postura esperpéntica, los brazos como si de una marioneta se tratara, las piernas grotescamente retorcidas entre sí, como si fueran dos plantas conectadas simbióticamente. No sabía qué había pasado, exactamente.

Él pretendía hablar con ella. Atufaba a alcohol y apenas era capaz de farfullar algo. Ella lloró y gritó "lárgate de aquí". Alguien oyó los gritos desde la calle. Ella vio como los dos hombres se lanzaban pullas mutuamente y empezaba a llover una tormenta de puños y pies con el único objetivo de golpear al otro. El desconocido se vio acorralado, él reía como un loco y ella no sabía qué hacer. Ni siquiera comprendía lo que ocurría. Ante la puerta de su casa.

El desconocido agarró una piedra y empezó a golpear la cabeza a su rival. Completamente fuera de sí. Ella gritó. La gente se agolpaba a su alrededor, observando, sonriendo. Ella contempló el cadáver manchado de sangre. El pelo enmarañado, la barba sucia, las piernas retorcidas. El desconocido ya no estaba, los curiosos se trocaron por policías. Ella permaneció muda, incapaz de razonar. Se la llevaron esposada.

El desconocido permanecía en su catre, fumando. Había asesinado a alguien. Se lo merecía, claro que se lo merecía. Seres tan despreciables no deberían nacer jamás, se dijo. Se preguntó si alguien lo había reconocido. Le dio igual. Siguió fumando.

El policía perdía la paciencia. Ella se resistía a hablar. "No sé qué ha pasado, ¡de verdad!'. Qué forma más estúpida de perder el tiempo, dijo el orondo policía, y sacó un puro mientras pedía a gritos un café con whisky.

"Me voy a trabajar", anunció el desconocido a su hijo. El pequeño empezaba la escuela. El padre se lo miró con cariño mientras recordaba Su rostro ensangrentado y se dijo que, al fin y al cabo, su hijo no sería como él.

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