lunes, 9 de julio de 2012

Retratos humanos (II)

El orondo policía andaba por la calle, recorriendo una ruta ya prefijada en su mente. Siempre veía lo mismo y nunca, nunca, se preguntaba por qué. Simplemente, un pie tomaba la iniciativa adelantándose al resto de su cuerpo, forzando una caída de éste que frenaba el otro pie, y así sucesivamente. La mecánica exageradamente compleja del hecho de andar se repetía una vez, y otra vez, y otra vez, hasta que llegaba de nuevo a su destino. Compró el pan y el periódico. En el callejón que había al lado del portal de su casa había un hombre de aspecto dudoso conversando con una chica. En un momento completamente aleatorio, él intentó agarrarle las muñecas. Ella se revolvía, pero su fuerza física nunca había sido la suficiente.

No quiero ver más, qué desagradable, pensaba mientras abría la puerta de su casa.

Ella comía el rancho de la cárcel sin mediar palabra. Mirada fija en los barrotes, pelo enmarañado. Le habían obligado a lavarse antes de entrar en su celda y conservaba aún la ropa de la agresión doblada en una esquina, en el suelo. Sentía un vacío enorme en el estómago que no podía llenar, pero al mismo tiempo era incapaz de pensar en cualquier otra cosa. No podía. El bloqueo era total.

El desconocido añadió más whisky al vaso y lo agitó un poco. Había pensado en ir a visitarla a la cárcel y ver cómo estaba. Encendió un cigarrillo y se quedó mirando el vaso de whisky. Allí, en la oscuridad de la habitación, se sentía el ser más despreciable de la capa de la tierra. Asesino. Mentiroso. Egoísta. Tengo un hijo, pensó, y debo cuidarle. Debe convertirse en alguien de provecho, orgulloso de sí mismo, de mí no lo estará nunca, cavilaba. Su hijo era su legado al mundo, no él mismo. Había matado a alguien. Despreciable. Pero alguien. Un ser humano con familia, preocupaciones, quién sabe si hijos. Un violador. Quizá con sentimientos. Apagó el cigarrillo, encendió otro. La habitación se llenaba de humo y sus ojos enrojecían a medida que el alcohol surgía efecto. No abrió la ventana creyendo que merecía sufrir. Se levantó y salió de su casa en dirección a la cárcel.

La madre del violador lloraba. Su hijo había muerto.

Ella se sentó en un escalón de cemento. En los pocos momentos que los reclusos podían salir al patio, se apartaba de todo el mundo. No era consciente de que el juicio se celebraba a la semana siguiente. Tengo que reconstruir lo que pasó, tengo que recordar, pensaba. Su mente no quería avanzar. Se miró el brazo, donde los moratones aún seguían ahí, como un eterno recordatorio tatuado en su blanca carne. El orondo policía le tocó el hombro y le señaló la puerta. Ha venido alguien a verte, dijo mientras le temblaba la papada.

-¿Te acuerdas de mí?

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