martes, 10 de julio de 2012

Retratos humanos (III)

Lo cierto es que recordaba esa cara. El labio partido resultaba tan característico en aquellos rasgos tan convencionales que era prácticamente imposible olvidarlo. El desconocido se sentó ante ella.

-¿Te acuerdas de mí?

El orondo policía la miró y soltó una carcajada. Te dejo aquí con esta loca, dijo, y acto seguido se fue. Sus ojos se encontraron. Ella no podía desplazar la mirada. El marrón de sus ojos reflejaba la sangre, el pelo enmarañado, las piernas retorcidas, sus propios gritos, su propio terror, su propio estupor. De golpe, supo qué había pasado.

-Sí.

El desconocido empezó a hablar sobre lo que aconteció. La claridad meridiana de los hechos, explicados por el asesino, iluminó su mente. Sabía que era inocente. Él no se iba a declarar culpable, lo siento mucho pero tengo un hijo, decía.

El orondo policía observaba desde la habitación de al lado. No podía oír absolutamente nada, pero sí podía verlo todo; la mirada de aquella chica loca había cambiado. Había una determinación en sus ojos grises que antes no estaba. El desconocido encendía un cigarro y gesticulaba muy poco, prácticamente como si fuera la silla la que hablaba. El orondo policía sacó un puro, lo cortó, lo encendió y volvió a entrar en la sala. Se acabó, gritó con aquella voz maltratada gracias a la comunicación a base de bramidos.

Cinco horas se pasó ella sola en la celda, pensando.

Mientras tanto, la madre del muerto lloraba.

Un hombre bebía café en un bar. Corto, con un chorrito de whisky. Calvo, con el bigote salpicado de canas. Había perdido el trabajo. Dos hijos, una mujer que sólo le reprochaba el despido. Ya son ganas de volver a la casa, pensaba, con el percal que me espera. Salió a fumarse un cigarrillo, humo negro para sus maltrechos pulmones. Tosió. Siguió aspirando el humo hasta que sólo quedó el filtro. Entró, pagó, apuró el vaso y echó a andar. Ya era mayor para encontrar otro trabajo, sabía perfectamente que no le contratarían en ningún sitio. Nadie quiere a un carpintero con un brazo lisiado. Ni él mismo confiaría en que alguien como él pudiera efectuar su trabajo, ¿cómo iban hacerlo otros? Entró en la panadería y pidió pan del día anterior. Ya le conocían, se lo regalaron. En el parque, dando de comer a las palomas. Iba arrojando los trozos de pan con mayor ímpetu, con mayor rabia, con el brazo sano. Por lo menos la sierra no me jodió el brazo izquierdo, pensaba. Las palomas se iban alejando conforme los trocitos se acercaban al lago. Asqueado, se levantó y se fue a la casa, a ver qué se cocía. Quizá potaje.

El orondo policía daba cuenta del lingotazo acostumbrado. Qué tía más rara, pensó, quizá puedo aprovecharme de ella.

El desconocido fumaba a oscuras. De nuevo. Su ex mujer debía traerle al niño al cabo de una hora. Mejor ventilo esta pocilga, dijo, y recojo un poco. Puso una lavadora y arrojó dentro la ropa de la semana. También embutió aquel montón que había en el fondo del armario, salpicado de sangre. Una prueba del crimen. Debajo, estaba la piedra. Echó a llorar.

Cinco horas se pasó ella sola en la celda, pensando.

Mientras tanto, la madre del muerto lloraba.

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