lunes, 16 de julio de 2012

Retratos humanos (IV)

Tenía los ojos clavados en aquel trozo de baldosa. De vez en cuando, sólo de vez en cuando caía alguna moneda en la caja que tenía al lado. No tenía otra caja. Ni otra ropa menos harapienta.

El pelo le tapaba media cara, así que sólo veía con un ojo. Notó que alguien le tiraba de los caros pantalones y, haciendo exagerados aspavientos, se deshizo de la zarpa, comprobando si había alguna mancha en la ropa.

El joven intentaba parar a la gente que pasaba cerca sin éxito. Le pagaban por ello. Se sentía despreciado por la gente, pero necesitaba el poco dinero que aquella mierda de trabajo podía darle. Qué asco, penso, ser joven.

Volvía a casa después de trabajar. La espalda le estaba matando. Sabía que, cuando se jubilase, apenas podría volver a levantarse.

No quería. No quería. No quería. Cada día se levantaba. Estaba hasta los huevos. Quería mandarlo todo a tomar por culo. Pero no debía. Y así, cada día.

Otra cola. A las cinco de la mañana.

Salía del ayuntamiento. Un trato muy fructífero, sólo por firmar cuatro papeles. Iban a desalojar a los habitantes, unos granjeros ya ancianos. Pero bueno, tenían familia. Y él iba a cobrar un dinero extra.

El profesor ya no tenía ilusión por enseñar.

No quería. Qué asco. Otra cola.

Sabía que, cuando se jubilase, apenas podría volver a levantarse. Desearía volver a ser joven. ¿Y volver a pasar por lo mismo? No. Y vuelta a empezar. Y así, cada día.

Su peor pesadilla se acababa de cumplir. Oh no.

Sonreía. Por fin, la vida le sonreía.

Ve a buscar a los niños. Termina el informe. Prepara la cena. Dales de comer. Acuéstales. Empieza el informe. Duerme. Levántate. Lleva a los niños, ve a trabajar. Lleva el Volvo al taller. Ve a buscar a los niños.

El asesino se suicidó.

Barría porque tocaba. Y punto. Claro que no le gustaba el trabajo. ¿Y qué esperaban?

Agarró la bolsa de ganchitos y se metió un puñado en la boca. El mando de Xbox seguía en el suelo, al lado del puff. El humo del porro inundaba la habitación. Le dio al Start y siguió jugando. Fuera, su madre aporreaba la puerta.

Ante un ordenador portátil, contempla un casco de moto que no le pertenece. Un amasijo de libros y papeles encima de la impresora. Detrás suyo, hay un instrumento musical enfundado en precario equilibrio. Tras de la cama, otro. El móvil cargándose al lado de esa tele que hace años que no funciona. Ahora mira el mando mientras teclea y masca chicle. Escribe porque toca y punto.

Dormía y soñaba al mismo tiempo. También soñaba despierta a veces, pero habitualmente solía hacerlo de noche, mientras su cuerpo descansaba y su mente volaba. Tras esos barrotes, ella soñaba.

Hastío profundo. Para qué levantar los pies al andar, para qué subir a casa si tengo el bar ahí.

No podía sentirse más exultante. Había vencido la muerte.

Tocaban las campanas del entierro. Algunos lloraban. Otros discutían sobre Manolete. Otros reían al pensar en la borrachera del fin de semana.


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