martes, 3 de julio de 2012

Revelaciones nocturnas de un adolescente

Seguía sentado en el escalón de cemento, sujetando el bolígrafo. Observé las gaviotas y volví la vista a las hojas de papel manoseadas que había dejado a mi lado. Me puse los auriculares. Empecé a leer. Saqué el tabaco, encendí un cigarrillo. Seguí leyendo. Añadí dos frases, taché otras dos. Un hombre paseando a su perro. Otro con su Don Simón. Éste se sentó a mi lado y, sin mediar palabra, echó un vistazo a mis papeles. Hice el ademán de sacarme los auriculares. Automáticamente, el bebedor se fue con pasos tintineantes y vacilantes. Creí que se rompería la cabeza y observé con interés. Ante la ausencia de hechos destacables, seguí leyendo y escribí dos páginas más. Saqué el tabaco, encendí un cigarrillo. Salía humo de la escuela, a mi derecha. Supuse que estarían cocinando. A las tres de la madrugada. Qué más da. Escribía. El viento mecía los árboles y taché el primer párrafo. Lo sustituí por otro.

Justamente en aquel instante y no en otro. Era imposible que sucediera en cualquier otro momento. Completamente imposible. Tan difícil como colocar dos circumferencias una sobre la otra. Tan difícil como conocer a la persona adecuada. Tan difícil como pasarse toda la vida en una absoluta inmovilidad. Sólo podía ser en aquel preciso segundo en una noche cualquiera. Saqué el tabaco, encendí un cigarrillo. Aparté los papeles, sucios papeles mojados. Empezó a caer la lluvia y me levanté, expectante. En aquel momento lo supe. Justamente en aquel instante y no en otro.

Eché a andar con la lluvia azotándome la cara. Poseído. Anduve hasta el puerto y me senté en uno de los amarres vacíos. Me di cuenta de que había olvidado los papeles. Sucios papeles mojados y repletos de basura. La música retumbaba con fuerza en mis oídos y el mar se extendía ante mí. Infinito, inabarcable. Saqué el tabaco, encendí un cigarrillo. Solo. Justamente en aquel instante y no en otro, me di cuenta de otra cosa.

Al cabo de una hora, de dos horas, de tres horas, me levanté. Cuando estuve en casa, sólo tenía ganas de beber. Al fin y al cabo, hay cosas de las que uno preferiría no darse cuenta.

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