viernes, 13 de julio de 2012

Trazos en blanco y negro

Sentado en un banco. Auriculares, cigarrillo. Vista al frente. El mar, completamente calmado, reflejaba la luz del Sol casi tímidamente, como si no se atreviera a destacar más que el astro rey. El olor salado se mezclaba con el aroma a tabaco y a tierra húmeda. Ya salían los domingueros de sus casas para hacer el paseo acostumbrado. Arriba y abajo. Las gaviotas ya alzaban el vuelo buscando algo que echarse al estómago, pero no oyes sus graznidos. Tampoco las pisadas y los murmullos de la gente. Ves una película sin sonido en la que cada trazo adquiere significado por sí mismo, como si al pasar te susurraran al oído sus historias, sus alegrías y sus miedos. Oyes centenares de ellas, pero tus auriculares siguen alojados en tus oídos y tus tímpanos empiezan a sufrir. Agradeces esa sensación de estar en dos lugares a la vez y, al mismo tiempo, en cada una de esas personas que ves pasar, en cada uno de esos individuos que empieza a existir cuando lo ves y deja de hacerlo cuando desaparece.

Decides andar con ellos. Los niños corretean felices bajo la tenue luz de la mañana, sus padres hablan entre ellos y señalan a sus hijos y gritan no corras que vas a caerte. Los primeros bañistas se alojan en sendas toallas para pegarse el chapuzón, pero éstos no te interesan, te dices. Llegas a los primeros columpios, ves cómo los padres, fumando y gritando -tanto que los oyes- porque sus hijos se han caído, discuten, gesticulan, como si su conversación fuera la única que tenía lugar en todo el universo. También ves gente jugando a baloncesto, quizá quemando el alcohol de la noche anterior e intentando, después de todo, mantener una vida sana que, sin lugar a dudas, no llevan.


De cada uno de ellos captaste algo. Un olor. Una mirada. Un gesto. Una mueca. Cada uno de ellos te dice algo más. No los oyes, pero te hablan. Y escuchas. Y ves cómo, a pesar de todo, todos somos iguales.

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