domingo, 29 de julio de 2012

Wrath

Entró en la consulta del médico algo asustado. Ya llevaba dos meses escayolado y tenían que sacarle aquel armatoste que le recubría medio brazo. Ya tocaba, por fin, pensó. Salió la enfermera. Sus miradas se cruzaron. Ella desvió rápidamente la mirada y empezó a andar hacia el ascensor a una velocidad inaudita para alguien que anda con zuecos de plástico. Entró.

-Cosas de la orden de alejamiento.- dijo el médico sin mirarle a la cara.

Sacó la sierra radial que se utiliza para estos casos. A juzgar por la mirada del médico, él pensó que, probablemente, la hoja profundizaría más de lo necesario. No querrá jugarse su puesto, se dijo, puedo estar tranquilo. El traumatólogo palpó el brazo. Mandó hacer unas placas. El brazo estaba bien.

-Vete. Hay gente que debe volver a su puesto de trabajo.

Él salió por la puerta del hospital algo intranquilo. Agarró el café para llevar que adquirió por 1,65 en la cafetería del centro y echó a andar hasta llegar a su casa. Fue a su habitación y sacó un paquete de tabaco. Volvió a salir a la calle a tomarse una cerveza en aquel antro que había allí, al lado de su casa, y se sentó a esperar.

Dos horas.

Antes de salir, sacó la cabeza y miró a cada lado de la puerta.

-¿Quieres que te acompañe?

No será necesario, dijo ella. Anduvo hasta que pasó por delante de aquel antro, el que había al lado de su casa. Allí estaba él. Se quedó mirándola.

Apuró la cerveza y volvió a su casa. Una vez allí, agarró un cenicero y lo arrojó contra la televisión. Empezó a patearla hasta que apenas quedaron trozos de plástico y cristal esparcidos aquí y allí. Se lanzó contra el sofá. Se astilló la madera. Se deshilacharon los cojines. Arremetió contra los azulejos de la cocina. Se volvió a romper el brazo. Por el mismo sitio. Aulló de dolor. Otra vez. Azotó la pared con el brazo inerte, provocándose un dolor que nunca había sentido. Y había sentido mucho dolor en su vida. Pateó las mesas hasta romper las patas. Se fracturó las falanges de los pies. En el suelo, lleno de sangre, se preguntó qué había pasado.

Al cabo de tres meses, salió del hospital de nuevo. Bienvenidos a este curso de control de la ira. Qué coño me está contando usted. Cruzó la puerta del centro y se fue directamente a aquel 24 horas que había allí, cerca de su casa. Compró una botella de whisky barato y se sentó en un parque a beber. Se la terminó. Se levantó. Vio a un negro. Negro de mierda. Alzó la botella por encima de su cabeza y estalló en mil pedazos cuando, casi instantáneamente, golpeó la cabeza del transeúnte y al mismo tiempo éste caía como un saco de patatas, allí, en el suelo. Se oía a alguien cuchichear. Una voz, otra voz. Al cabo de cinco minutos, él seguía allí, de pie, al lado del cuerpo prácticamente sin vida. Una sirena, otra. Vio un furgón. Un porrazo, otro. Se debatía entre seres vestidos de pies a cabeza con ropa acolchada. Patadas, puñetazos, mordiscos. Lo redujeron. Se lo llevaron.

Está usted aquí por el asesinato de un hombre. ¿Tiene algo usted que decir?

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