sábado, 4 de agosto de 2012

Circo

La chusma gritaba a su alrededor. Iba andando lentamente, con la cabeza gacha y sin osar levantar la mirada. El pavimento ardía bajo sus pies, el sol le quemaba su piel desnuda y el pelo enmarañado y sucio le ocultaba el rostro. Con las manos atadas a su espalda. La calle, estrecha, dejaba poco espacio a los observadores curiosos y se amontonaban todos a ambos lados del centro de la calzada, por donde iba desfilando. Sus carceleros daban pequeños empujones en su espalda para que siguiera andando al tiempo que evitaba que la chusma llegara ni siquiera a tocarle. De repente, voló una piedra hacia su cara. La ceja estalló y la sangre corría por su rostro sin que nada pudiera hacer para parar el río rojo que goteaba el ardiente pavimento. "Hijo de puta, ladrón", gritaban. Empezaron a lanzarle todo tipo de objetos y su piel desnuda, de repente, lucía moratones y manchas por todas partes. Hijo de puta, ladrón. Uno de los carceleros, en un movimiento casi imperceptible, pegó un puñetazo hacia el primer cuerpo que encontró. Mientras tanto, seguían andando.

Movió bruscamente la cabeza para lograr apartar el pelo de su cara. Vio rostros conocidos allá por donde miraba. Rostros que alguna vez apreció, otros que tal vez amó. Hijo de puta, ladrón, asesino. Yo no he hecho nada, pero aquí estoy. Deseó no haber levantado la vista. Notaba cómo los carceleros pinchaban incesantemente las quemaduras de sus hombros, a cada instante, un pequeño sufrimiento más. Cayó de rodillas, incapaz de dar un paso más. Los gritos de la chusma aumentaron como si el frenesí, casi sexual, fuera ya incontenible y no pudiera encontrar otra vía de escape que no fuera ésa. Por qué estoy aquí, no lo sé. Dos manos se introdujeron bajo sus axilas y le auparon. Intentó mantenerse en pie. Dar un paso más, otro, otro. Cómo quema el puto suelo. Una piedra le dio en una pierna, otra le dio en el estómago. La sangre de la ceja que había estallado ya le había obligado a cerrar un ojo y cada vez cojeaba más. Con el ojo sano, siguió mirando a la chusma. Vio un rostro compasivo. Otro frenético. Otro furioso. No entiendo nada. Una piedra le dio en las partes bajas y terminó por doblarse. Mientras sus testículos, a la vista de todo el mundo, adquirían un tono violáceo, se oía por encima de todos los gritos una idea muy sugerente. Cortádselos. Los carceleros apenas podían contener los empujones de la chusma. Los toques en su espalda, ya inquietantes, ganaron fuerza, y una voz en su oído susurró CORRE.

Había alguien más. Una persona. Sentada allí, a lo alto. Miraba. Observaba. Sonaba una canción allí, a lo lejos.

Llegaron al recio edificio que se suponía que debía albergarle. La masa impedía la entrada. Una piedra le acertó en toda la sien. Ya no volvió a levantarse de nuevo. Los carceleros asieron el cuerpo e intentaron introducirlo en el edificio.

Había alguien más. Una persona. Sentada allí, a lo alto. Miraba. Observaba. Sonaba una canción allí, a lo lejos.

Ya le dolía el brazo. Qué divertido fue mientras duró. Había mucha gente allí y casi todos lloraban. No sabían por qué. Habían reído mucho hasta entonces. Ladeó la cabeza en señal de incomprensión y se fue a su casa. Sus hijos salieron a recibirle. ¿Le has tirado muchas piedras, papá? Se sentó en su butaca de siempre, ante la ventana mientras sonaba una canción de su juventud en la minicadena. Pero había alguien más.


Había alguien más. Una persona. Sentada allí, a lo alto. Miraba. Observaba. Sonaba una canción allí, a lo lejos.

En el hospital. Veinte camillas alineadas cuidadosamente. El carcelero, tumbado en una de ellas. La pierna, escayolada y en alto. La cabeza, vendada. Los ojos abiertos. Una lágrima se deslizó por su mejilla.

Nadie fue a su entierro. Excepto sus carceleros.

Una voz, a lo lejos, susurraba "Baby, don't cry". ¿Para qué?

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