sábado, 25 de agosto de 2012

Lust

Cruzó la puerta y se abrochó la bragueta. Suspiró. Tanteó los bolsillos buscando el teléfono, la cartera, las llaves de su casa y las del coche. Se dirigió al aparcamiento y condujo hasta su casa, absorto y bajo los efectos del alcohol. Hola cariño, qué tal la reunión. Bien, gracias, voy a ducharme. Subió los peldaños de dos en dos casi corriendo, casi como si le faltara el aire. El chorro de agua fría cayó sobre su cabeza. Cerró los ojos y se abandono a aquel pequeño placer.

Cruzó la puerta y saludó al de seguridad. Éste le dirigió una mirada de complicidad y le guiñó el ojo. La madame lo vio y se acercó, el tintineo de bisutería acompañándola como si fuera un aura de santidad omnipresente.

-¿A quién vas a querer hoy?

Él dijo que se quedaba con la de ayer, que lo hizo muy bien la chavala. Una belleza celestial hizo su aparición y él la siguió hasta la habitación. Ella se desnudó rápidamente. Su frente perlada de sudor, sus ojos almendrados mirando a todas partes y ninguna, sus labios temblorosos delataban lo que ocurría en su interior. Él arrojó su ropa hacia el extremo más alejado del cuartucho y se quedó mirándola. A cuatro patas, ordenó. Asió un látigo que había preparado en un armario, allí al lado de la cama, y empezó a azotar sus nalgas. Luego la penetró por detrás. Por delante. Se corrió en su boca. Se vistió. Pagó.

Cruzó la puerta y se abrochó la bragueta. Suspiró. Tanteó los bolsillos buscando el teléfono, la cartera, las llaves de su casa y las del coche. Se dirigió al aparcamiento y condujo hasta su casa, absorto y bajo los efectos del alcohol. Llegas muy tarde, ¿dónde estabas? Reunido, joder, ya te lo dije. El chorro de agua fría cayó sobre su cabeza. Bajó la vista y vio unas erupciones alrededor de su pene.

Observaba la pantalla llena de números, balances y gráficos. Abrió el explorador e introdujo una página web muy concurrida en sus ratos muertos. En el preciso momento en que apareció un pecho en la pantalla, notó la creciente erección. Se desabrochó los pantalones. Joder, cómo me duele la polla. Se le nubló la vista.

-Doctor, estoy perdiendo visión.
-Le haré unos análisis.

Cruzó la puerta a tientas. Allí era muy conocido. Volvió a cruzarla al cabo de cinco minutos.

-Sífilis.

Al cabo de un año.

Tráeme una cerveza, anda. Oía la televisión a un volumen inusualmente bajo. Sus ojos, ocultos tras unas gafas de sol, intentaban mirar sin ver, como si quisieran captar algo que está ahí pero que no pueden percibir, algo esquivo, fugaz. Su mujer sujetaba la copa en la mano temblorosa, mirando con lástima el cuerpo inerte que se sentaba en aquella butaca. Y pensó que debía deshacerse de él.

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