jueves, 9 de agosto de 2012

Sombras

Todo oscuro. Se oyen graznidos a lo lejos, el tenue contorno grisáceo de las nubes gobierna el cielo. Tus zapatillas golpean el pavimento con fuerza y el eco de tus pisadas es secundado inmediatamente por otro. Unos tacones, quizá unas botas. Andas cada vez más rápido. Un poco más. Una gota recorre tu sien y cae hacia tu mejilla. Aprietas la mandíbula y tus ojos intentan adivinar algo de las sombras que acechan tras de ti. Agarras bien el bolso y buscas las llaves, disimuladamente. El tacatá que te sigue aumenta el tempo, como si bailara, y arrancas a correr. Vuelves una esquina, otra. Llegas a la puerta de tu casa, introduces la llave. Cierras. ¿Qué fue eso?
 
Te desnudas y te metes en la ducha. Te recoges el pelo, te vistes, te tumbas. Te tiemblan las piernas, apenas tus pies logran sostenerte. Decides tomarte un vaso de lo primero que encuentras en ese mueble bar que nunca abres. Encuentras aquel whisky barato que bebía tu padre. Tan bueno como cualquier otra cosa. Echas tragos cortos mientras el licor te abrasa la garganta. Necesito ese dolor. Agarras el teléfono. Hola, ¿dormías?. Sí, ¿qué pasa?. Dudas. Sólo necesitaba oír la voz de otra persona. Buenas noches, cariño.

El caro colchón de látex acunaba su cuerpo. El suave pelo negro cubría la almohada como una cascada que, en un día cualquiera de invierno, acaricia las rocas casi como si no hubiera nada más en este mundo. Los ojos verdes, muy abiertos, miraban fijamente el cuarto creciente. Sus labios, tensos, eran telones ante los dientes que no cesaban de rechinar. Una lágrima. Otra. Otra. Otra. Se dio la vuelta una vez. Otra vez. Otra vez. Posición fetal. Miró el techo. Hundió la cara en la almohada. Se dio la vuelta y juró. Perjuró. Chilló. Se levantó de la cama, abrió la ventana. Miró el cuarto creciente y esas nubes cuyo gris contorno surcaba el cielo sobre las alas del viento. El oscuro cabello le ocultaba el rostro. Una lágrima. Otra. Otra.

Trece horas más tarde.

Leía atónita el periódico. Alguien había violado a una chica cerca de su casa. Una lágrima. Otra. Otra. Otra. La ira y el miedo crecían en su interior. Se levantó, se vistió con lo primero que encontró y cruzó la puerta de casa.

Dos años después.

Una celda. Seis metros cuadrados de cemento. Un catre, un retrete sucio. Dos sillas. El tintineo de unas manillas. Las sombras de los barrotes bailan entre dos personas. Un brillo en la mirada. Un rostro enterrado en unas manos.

-¿Por qué lo hiciste?

[En un banco, en Girona. Después de unas cervezas y habiendo paseado por un par de puentes. Y, sobre todo, escuchando A Little Piece of Heaven.]

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