domingo, 12 de agosto de 2012

Tic tac, tic tac

Corre. Llegas tarde, como de costumbre. ¿Por qué siempre llegas tarde? Llegar tarde es un arte que sólo está al alcance de unos pocos; tu, sin duda, no estás entre ellos. No, asumes que no tienes ese estilo innato que sí tienen algunos para hacerlo. Tampoco es tu culpa, opinas, porque tienes mil cosas por hacer. Siempre. Por eso corres. Tu vida y tu tiempo corren cual río veloz que se precipita hacia una catarata. Pero esa catarata nunca llega. Nunca llega el instante de paz. Siempre se posterga. Mientras tanto, corre. Llegas tarde.

Lo encajas todo. Al día que sigue el cuarto, ya sabes lo que harás. Cuándo. Dónde. Cómo. Por qué. Con quién. El universo funciona, estás convencido de ello. Las personas deben tenerlo todo planeado. ¿Cómo, si no, iban a seguir con sus vidas? La rutina es buena, piensas. La tuya, aún así, desplomaría al más pintado. La improvisación pertenece a aquellos que pueden llegar tarde. Oh no, tu no puedes llegar tarde. Aunque lo hagas. Aunque no te lo puedas permitir. Tu vida y tu tiempo corren cual liebre que, en su afán por superar a la tortuga, cada vez, con mayor presteza, supera los obstáculos. Pero la meta nunca llega. Nunca llega el instante de paz. Siempre se posterga. Mientras tanto, corre. Llegas tarde.

En ese instante mágico, cuando el universo funciona y te habla, cuando estás fumándote un cigarrillo tranquilamente en la terraza de tu casa, te das cuenta de algo. Oh no, no conscientemente. Tardarás en hacerlo. Lo intuyes. Con certeza. Como si lo hubiera decidido otra persona, abres el frigorífico y sacas una cerveza. ¿Por qué no? Cuando el amargo líquido inviste tu cerebro de valor, agarras el teléfono y llamas a alguien. Porque sí. No sabes exactamente por qué. Pero lo intuyes.

Te has estirado en la arena de una playa. Ni siquiera sabes donde estás, pero no importa. Tu vista no logra abarcarlo todo, pero no importa. La brisa marina acaricia tu pelo, tu rostro, y algo inunda tu interior. Oh no, no sabes lo que es. Pero lo sabrás. En algún instante de tu vida. Una sensación de paz. De libertad. De soledad. De plenitud. Sólo en ese momento te sientes realmente bien. Sabes quién eres. Qué haces. Qué buscas. Piénsalo. Sacas el tabaco y enciendes ese cigarrillo que tanto te apetece. Sabes lo que quieres, pero no cuando lo tendrás. Por primera vez, crees que, bueno, no te importa. Quizá no. Sólo en ese momento, se detiene el cronómetro de tu vida. Inspiras. Expiras. De repente, tu respiración se vuelve consciente del mismo modo que todo lo que te rodea. Hueles la sal. Palpas la brisa. Oyes las olas azotando la orilla. Compasadamente. Regularmente. Lentamente.

Corre. Llegas tarde, como de costumbre. ¿Por qué siempre llegas tarde? Llegar tarde es un arte que sólo está al alcance de unos pocos; tu, sin duda, no estás entre ellos. No, asumes que no tienes ese estilo innato que sí tienen algunos para hacerlo. Tampoco es tu culpa, opinas, porque tienes mil cosas por hacer. Siempre. Por eso corres. Pero no corres. No ahora. Ya no. Menuda estupidez, ¿verdad?

Vas a coger un tren. 
Sabes dónde quieres ir, pero no dónde te va a llevar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario