viernes, 7 de septiembre de 2012

Desconocidos

Remenissions

Ella tenía la cabeza enterrada entre las rodillas. Su vista observaba aquel pedazo de suelo que, sin duda, era exactamente igual al resto de pedazos de suelo que había allí. Quiso ver más allá. La brisa nocturna le trajo el olor del mar, a vegetación, a sol matutino, a alcohol y tabaco, a jazmín, a podredumbre. Oteó el paisaje. Oyó unas pisadas cerca y arqueó las cejas.

Anduvo hasta que ya no quiso seguir. El otoño había llegado y las hojas caían por doquier. Él observaba la bucólica estampa con ternura. Sí, es cierto, había visto exactamente lo mismo año tras año andando por el mismo lugar. Un día y otro. Lo había visto centenares de veces y cada vez era distinto, como si fuera otra persona la que viera aquella escena cada vez. Las mismas hojas. El viento que sopla siempre en la misma dirección. Ya anochecía. Escuchaba Stop this train y decidió obedecer. No paró. Apremió el paso y se fue a su sitio. Allí donde podía estar solo. A gusto. Como en casa.

Gettysburg.

Ya casi corría. Oía como sus zapatillas golpeaban el asfalto, cada vez con más fuerza. Él empezó a jadear con insistencia mientras sentía como algo crecía en su interior. Lo necesitaba, de veras. No, no te miento, puedes creértelo. Vi como sus ojos se movían nerviosos buscando algo que no estaba allí.

Thanks for the memories.

Había un coche aparcado. Uno de color rojo, algo destartalado. A su lado había otro nuevo. Así sucesivamente. Aparcados en paralelo. Un fila, dos filas, seis filas. Entre ellas, absolutamente nada. Unos escalones allí, al final, contrapuestos a los árboles que lo rodeaban. Observó unas obras que no avanzaban. Siguió andando hasta sus escalones. Sacó un paquete de tabaco y extrajo un cigarrillo amorosamente. Lo encendió y sacó un pequeño bloc de hojas de uno de sus bolsillos. Fijó la vista al cielo y recordó algo. Algo vino a su mente, y mientras lo asimilaba, siguió mirando al cielo. Una sola cosa. Identificada. Un dolor sordo atenazó su cuerpo, jurándose que no volvería a ocurrir. Nunca más. No a él.

Rockinpokorosi.

Nunca iba nadie a aquel descampado roñoso, pero los oyó. Ella aguzó el oído, pero los pasos se detuvieron de repente. Se quedó quieta. Se quitó las cadenas sin hacer ruido. Su corazón redujo las pulsaciones al ver que no ocurría nada. Aún no sabía qué carajo hacía allí y ya estaba teniendo problemas. Sólo había salido un rato de su casa. Asqueada ya. Qué harta estaba ya de todo. Cada día era una nueva batalla que había que ganar. No, no podía permitirse perder. Ella no. No sola. Y allí estaba, quizá jugándose la vida, en un aparcamiento de mierda en un sitio de mierda en un mundo de mierda. Qué asco por Dios. Empezó a ponerse nerviosa. No movió ni una pestaña. ¿Por qué no oía nada más? Quería fumar, pero no arriesgarse a que quien estuviera ahí oyera el chasquido del encendedor. ¿Por qué cojones tenían que pasarle esas cosas? A la mierda.

Se retiró el negro flequillo que caía suavemente ante sus ojos. Había un coche delante. Se levantó y vio una figura inmóvil, mirando al cielo.

Black sheep.

Un bajo potente retumbaba en sus oídos. Despertó de su ensimismamiento y miró hacia adelante. Sonaba Black Sheep, de Metric. Vio a una chica de pie, en su sitio. Vestía completamente de negro. ¿Qué hacía allí?. Nunca iba nadie allí. No entendía absolutamente nada. No consideró que fuera necesario entender absolutamente nada. La miró a los ojos. Ella le devolvió la mirada. Se acercó y le ofreció un auricular. Sin mediar palabra, ella se lo puso.

-¿Quién eres?

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