jueves, 20 de septiembre de 2012

Un segundo que termina con todo.

Sombras.
Todo oscuro. Se oyen graznidos a lo lejos, el tenue contorno grisáceo de las nubes gobierna el cielo. Tus zapatillas golpean el pavimento con fuerza y el eco de tus pisadas es secundado inmediatamente por otro. Unos tacones, quizá unas botas. Andas cada vez más rápido. Un poco más. Una gota recorre tu sien y cae hacia tu mejilla. Aprietas la mandíbula y tus ojos intentan adivinar algo de las sombras que acechan tras de ti. Agarras bien el bolso y buscas las llaves, disimuladamente. El tacatá que te sigue aumenta el tempo, como si bailara, y arrancas a correr. Vuelves una esquina, otra. Llegas a la puerta de tu casa, introduces la llave. Cierras. ¿Qué fue eso?

Te desnudas y te metes en la ducha. Te recoges el pelo, te vistes, te tumbas. Te tiemblan las piernas, apenas tus pies logran sostenerte. Decides tomarte un vaso de lo primero que encuentras en ese mueble bar que nunca abres. Encuentras aquel whisky barato que bebía tu padre. Tan bueno como cualquier otra cosa. Echas tragos cortos mientras el licor te abrasa la garganta. Necesito ese dolor. Agarras el teléfono. Hola, ¿dormías?. Sí, ¿qué pasa?. Dudas. Sólo necesitaba oír la voz de otra persona. Buenas noches, cariño.

El caro colchón de látex acunaba su cuerpo. El suave pelo negro cubría la almohada como una cascada que, en un día cualquiera de invierno, acaricia las rocas casi como si no hubiera nada más en este mundo. Los ojos verdes, muy abiertos, miraban fijamente el cuarto creciente. Sus labios, tensos, eran telones ante los dientes que no cesaban de rechinar. Una lágrima. Otra. Otra. Otra. Se dio la vuelta una vez. Otra vez. Otra vez. Posición fetal. Miró el techo. Hundió la cara en la almohada. Se dio la vuelta y juró. Perjuró. Chilló. Se levantó de la cama, abrió la ventana. Miró el cuarto creciente y esas nubes cuyo gris contorno surcaba el cielo sobre las alas del viento. El oscuro cabello le ocultaba el rostro. Una lágrima. Otra. Otra.

Trece horas más tarde.

Leía atónita el periódico. Alguien había violado a una chica cerca de su casa. Una lágrima. Otra. Otra. Otra. La ira y el miedo crecían en su interior. Se levantó, se vistió con lo primero que encontró y cruzó la puerta de casa.

Dos años después.

Una celda. Seis metros cuadrados de cemento. Un catre, un retrete sucio. Dos sillas. El tintineo de unas manillas. Las sombras de los barrotes bailan entre dos personas. Un brillo en la mirada. Un rostro enterrado en unas manos.

-¿Por qué lo hiciste?

Sombras (II). Los buitres siempre regresan.
El hombre parpadeó dos veces y sonrió. Ella notaba como algo se revolvía en su interior.

-No lo sé.

-No me lo puedo creer.

Él hizo sonar los grilletes. Los ojos en blanco. Sé que no puedes creerme, pero debes hacerlo.

-No lo sé, de verdad. Simplemente, ocurrió. Cuando todo acabó, no supe exactamente qué había pasado y sólo lo tuve claro cuando me pusieron esto. Hasta entonces, todo ocurrió, sin más.


Ella se levantó de la silla. El bofetón resonó en la celda. El agente entró, le puso una mano en el hombro. Le dio un vaso de agua. Tráeme algo más fuerte, dijo ella. El violador volvió a sonreír. Esta vez, la mejilla teñida de rojo.

-Me lo merezco. Pero yo no soy así. Hice lo que hice, es innegable, pero yo no soy así. Por cierto, sé quién eres.

Claro que lo sabía.

En el despacho del alguacil, ella revisaba sus notas. Ningún antecedente. Estaba limpio. Excepto por la violación que otra sufrió en su lugar. Sus labios esbozaron una mueca. Se preguntó por qué existía gente así en el mundo. Hay errores imperdonables que merecen un castigo. La muerte.

En un bar. El aguachirri que servían allí, justo delante de la cárcel, era más apropiado para limpiar el mugriento suelo. Pero ella iba dando pequeños sorbos. Llamó al camarero y le pidió un chorro de whisky en en el vaso. Rebuscó en el bolso y sacó aquellas pastillas para la ansiedad que el psiquiatra le había recetado. Tomó dos, estiró un brazo y apoyó su cabeza en él, intentando no pensar en nada.

En su habitación. El caro colchón de látex acunaba su cuerpo. El suave pelo negro cubría la almohada como una cascada que, en un día cualquiera de invierno, acaricia las rocas casi como si no hubiera nada más en este mundo. Los ojos verdes, muy abiertos, miraban fijamente el cuarto creciente. En aquel instante, creyó que bien podría ser el mundo sólo eso. Sólo eso que veía por la ventana. Cuán sencillo sería el mundo si así fuera. Ningún antecedente. Estaba limpio. Se dio la vuelta una vez. Otra vez. Otra vez. Posición fetal. Miró el techo. Hundió la cara en la almohada. Hay errores imperdonables que merecen un castigo. La muerte. ¿Quién era ella?

Ya no lo sabía. Sí, había sido alguien. Aún podía recordarlo. Pero ya no, ya no era ella. Si lo era, esa persona debía esconderse en algún rincón recóndito de su ser. Pero ya no, ya no era ella. Pero quizá seguía siéndolo, y podía volver a ser quién era. No, ya no era posible. Ya no. ¿Volver a empezar? Ella ya había muerto. Y su destructor seguía vivo. Oh no, no se lo hizo a ella. Se lo hizo a otra. Peor. Ella era la elegida. Pero se lo hizo a otra. Se levantó de la cama, abrió la ventana. Miró el cuarto creciente y esas nubes cuyo gris contorno surcaba el cielo sobre las alas del viento. El oscuro cabello le ocultaba el rostro. Una lágrima. Sólo una.

Hace dos años.

De repente, le entraron unas ganas enormes de follar. Lo había intentado ya aquella noche, pero por lo visto no tenía suerte. No era agraciado; tenía labia, pero estando borracho apenas era capaz de balbucear. Se sentía realmente estúpido. Tenía la cabeza embotada y decidió esperarse a que aquel globo descomunal y la evidente erección remitieran. Se quedó en el bar hasta que cerró. Sentado en un banco del parque, miraba las estrellas. Quería ponerse sensiblero, a ver si su preciado soldadito decidía plegar velas e irse a dormir, lo intentó, de veras que lo intentó, pero en su cabeza sólo oía jadeos. ¿Qué coño le pasaba? Coños. Uhm. Sacudió la cabeza. Maldito salido de mierda. Hacía demasiado que no echaba un polvo.

Andaba por una calle concurrida. Escotes, minifaldas, un sinfín de olores atractivos para él. Se sentía como si no hubiera visto una teta en su vida y, aún así, intentaba pensar en otras cosas. Ayer vi un documental de pingüínos que a esa le daba yo lo que no está escrito. Sí, pensaríais que no puede haber animales vestidos de persona por la calle. A mí aún me cuesta creerlo. Pero mientras le seguía, vi como le sudaban las manos, como ladeaba la cabeza como si así pudiera obtener una instantánea y fijarla en su mente, vi como se rascaba la entrepierna como si estuviera incompleta y ahí faltara algo. Realmente curioso.

Aceleró el paso y tomó una calle secundaria para volver a casa.  Todo oscuro. Se oyen graznidos a lo lejos, el tenue contorno grisáceo de las nubes gobierna el cielo. Sus zapatillas golpean el pavimento con fuerza y el eco de sus pisadas es secundado inmediatamente por otro. Por el suyo. Cae en la cuenta de que sus botas de cowboy hacen demasiado ruido. Pero no importa. Sólo ha visto lo que ha visto y la sigue, convencido. Ella gira la esquina y sale corriendo, asiendo algo de su bolso. En ese preciso momento, él gira la cabeza y ve a una chica rubia con tacones. Alta. Pecho generoso. El abrigo esconde un vestido rojo que se intuye cada vez que da un paso. Un paso más. Él siente un potente escozor en la entrepierna y observa como se dibuja un exagerado bulto en sus pantalones. Apenas hay luz.

Dos meses después. Ella se sienta ante la chica violada. Le pide perdón. Y ella la mira fijamente a los ojos.

Hace una hora. Te desnudas y te metes en la ducha. Te recoges el pelo, te vistes, te tumbas. Te tiemblan las piernas, apenas tus pies logran sostenerte. Decides tomarte un vaso de lo primero que encuentras en ese mueble bar que nunca abres. Encuentras aquel whisky barato que bebía tu padre. Tan bueno como cualquier otra cosa. Echas tragos cortos mientras el licor te abrasa la garganta. Necesito ese dolor. Agarras el teléfono. Hola, ¿dormías?. Sí, ¿qué pasa?. Dudas. Sólo necesitaba oír la voz de otra persona. Buenas noches, cariño.

-¿Te encuentras bien?
-No puedo dormir. Ya no puedo más. Todo se acabó.


[En un banco, en Girona. Después de unas cervezas y habiendo paseado por un par de puentes. Y, sobre todo, escuchando A Little Piece of Heaven. En un banco, en la Universitat de Barcelona, escuchando Tacobel Canon. En un banco, en Horta, Barcelona, escuchando Neon, porque a veces todo se tuerce. En alguna parte.]

Porque, a veces, lo que parece un final no lo es. Todo es cíclico, dicen. Todo es lineal y el tiempo es perpetuo, podrían decir. No está en las manos de nadie decidir eso. Un segundo puede terminar con todo. ¿Terminar?

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