lunes, 17 de septiembre de 2012

Victory

No siempre había sido tan sencillo. En un primer momento, había sido tremendamente complicado. Ajustarse al cambio, modificar perspectivas, ver como todo seguía su curso pero, de algún modo, ella ya no. Claro que había cambiado. Ella, que creía que todo podía verse en blanco y negro, indefectiblemente, sin dudas, sin matices. No lo entendía, pero al mismo tiempo pensaba que no estaba en su mano hacerlo. De algún modo, ella lo sabía. No podía evitarlo. Había algo más. Algo más, un muro, una barrera. No veía más allá. Allá, todo negro. Pero tampoco sabía qué podía encontrar aquí.

Sí sabía qué había dejado atrás aunque no supiera explicarlo. Olía a triunfo, a victoria, aunque no sabía qué había derrotado. Tanto había luchado por conseguirlo que ahora le sabía a cenizas. No me merezco esto, por qué. En algún instante, quizá mientras miraba la luna por la venta,a quizá mientras paseaba sola mecida por la brisa del otoño, quizá mientras veía como los niños correteaban por el parque, pensó que quería morir. Pero no, no era cierto. No quería morir. Tampoco quería su vida. Y así pasaba los días.

Incertidumbre que nunca parece terminar en un insufrible sinvivir rodeada de algo que no alcanza a comprender. Pero tampoco sabía qué podía encontrar ahí.

Sonaba en la vieja minicadena Victoria. Una guitarra. Somewhere out on the highway I'm sure she's fine. Sintió que iba dirigida a ella. No estaba en su mano entenderlo. ¿O sí?

Olía a mar. Allí en lo alto del acantilado observaba el suave vaivén del agua; sereno, constante. Cerró los ojos mientras oía como las olas golpeaban la sólida roca. Ella seguía de pie, trazando con la mente un SOS que a nadie había de llegar. Algo se había roto en alguna parte, en su interior. Abrió los ojos y se fijó en aquellas olas que intentaban derribar la tenaz fortaleza de la roca que la sostenía por encima de todo aquello. Derramó una lágrima. Sintió que había aprendido algo. Aunque en realidad no fuera así.

Mientras miraba la luna por la ventana, y no podía ser en ningún otro momento, vio como un rayo dividía en dos el cielo. Luego, la calma. Inspiró, suspiró. Luego, nada. Quería escuchar aquella voz. Sí, ésa que de vez en cuando oímos todos. Aquella que impulsa a las personas a seguir hacia adelante. No, no debía planteárselo así. Si seguían adelante, pensaba ella, se debía a una ausencia total de cuestionamiento. Así pues, ¿por qué? No lo entendía. No entendía a las personas; no entendía el mundo que, día a día, éstas generaban y producían como si de una cadena de montaje se tratara. Miedo, incertidumbre. ¿Por qué? Eso la atormentaba aún más. Empezó a tener pesadillas.

Mientras miraba la luna por la ventana, y no podía ser en ningún otro momento, vio como las estrellas iluminaban el cielo. La tenue luz que emitían llenaba el firmamento de colores. Apagados. Muy tímidamente. Pero lo hacían. Luego, la calma. Inspiró, expiró. Luego, recordó las olas. La roca. Y pensó que podría vivir así.

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