lunes, 8 de octubre de 2012

Corazón en una caja

Te quiero. Sólo tuve que ver tus ojos, la primera vez, para saberlo. Un leve destello, una intuición. No hizo falta nada más y al no hacer falta nada más, primero se hizo el desconcierto. De repente, me encontré en pleno Génesis y Dios dijo hágase la luz. Hágase la luz en mitad de la oscuridad y siéntelo siéntelo de nuevo en algún lugar de tu cuerpo que se retuerce y cosquillea como si fuera la primera vez otra vez y como si no lo hubieras vivido antes lo vuelves a sentir siéntelo de nuevo. Todo ocurre demasiado de prisa. Me ruboricé cual colegiala novata en el instituto. Tener ese cigarrillo en la mano y darle una calada y otra me salvó de representar el papel bufonístico clásico. Mantener una compostura que claramente has olvidado. Aparentemente, te vuelves una cara que miran sin cesar. Sí, claro, alguien se da cuenta siempre y esboza esa sonrisilla. Pero yo no me di cuenta. Ni siquiera sabía dónde estaba, aunque sí tenía una leve idea. Quizá mi mente se encontraba entre tu iris y tu pupila, buscando un tesoro que no era de este mundo.

Me di cuenta, de repente, que tus ojos me miraban y tus labios se movían. Pude deducir que estabas hablándome. Cómo iba yo a responder si sólo era capaz de mantener la boca entreabierta y los ojos como platos y las manos sudando como si no hubiera un mañana. Profunda estupidez enterrada en lo más profundo de la psique que aflora de golpe y se apodera de todo el cuerpo. Todavía río cuando lo recuerdo. Río y te recuerdo a ti. ¿Te acuerdas tú de ese momento? Uno más en tu vida. Rodeados de gente, tu y yo. Sólo tuve una epifanía que sin embargo se convirtió de la noche a la mañana en el sustento que mi alma necesitaba para seguir respirando y sentir y pensar y existir. No dormí en dos días. Pero no me atreví a acercarme. No me atreví al día siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente. Soy tan cobarde que escribo algo que no leerás jamás para decirte algo que no leerás. Así de estúpidos nos volvemos los humanos cuando nos enamoramos. Pero, ¿te acuerdas tú de ese momento?

Solo, en mi habitación. Mi cara enterrada en mis manos, el cabello cae lacio, sin brillo. Me levanto y ando arriba y abajo, casi como si quisiera desgastar el suelo. Suspiro una vez. Pero no otra. Y entonces saco la cabeza por la ventana y me enciendo un cigarrillo y siento la brisa como agita mi pelo. Me acuerdo del tuyo. Otra vez. Mientras el humo sale parsimoniosamente por mi nariz, recuerdo esa sonrisa. Menudo tonto del culo estoy hecho.

Luego, más tarde. No podía pensar en nada más. Me preguntaba, insistentemente, qué me habías hecho. Escribía y te me aparecías, súbitamente, como si fueras una idea genial concebida por mi cabeza. Escuchaba música y podía sentir el tacto de tu pelo entre mis dedos. Algo que jamás ocurrió. Pero, para mí, había ocurrido. Tener ese cigarrillo en la mano y darle una calada y otra me salvó de representar el papel de empanado cósmico que se le supone a alguien en ese estado. Pero, primero, se hizo el desconcierto y luego la consciencia total.

When sky blue gets dark enough
To see the colors of the city lights
A trail of ruby red and diamond white
Hits her like a sunrise

She comes and goes and comes and goes
Like no one can

Recuerdo ese día en que, mientras recogías tus cosas en aquella aula deprimente, tu pelo azotó mi cara. Una sensación que permaneció ahí durante segundos, horas, días. Sentía cómo tu pelo rozaba mi rostro, ahora, luego, más tarde. Ay, perdona, lo siento. Más lo sentía yo, te lo aseguro. Quería sentir eso todos los días. A cada momento. Todo ocurre demasiado de prisa. Me ruboricé cual colegiala novata en el instituto. Pero no me atreví al día siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente. Soy tan cobarde que escribo algo que no leerás jamás para decirte algo que no leerás. Así de estúpidos nos volvemos los humanos cuando nos enamoramos. Pero, ¿te acuerdas tú de ese momento?

Luego, más tarde. La cabeza gacha, brazos apoyados en las rodillas. Sentado en un vagón que me alejaba de algo que mi cabeza insistía en mantener conmigo. Tenía que hacer un trabajo bastante importante e iba atrasado y tus ojos se me volvieron a clavar en la mente como si los tuviera delante. Esbocé una mueca, dándome cuenta de algo. No, no iba a ocurrir nada. Jamás. ¿Te habías fijado tu en mí? No lo sé. Pero soy un cobarde y los cobardes hacen estas cosas. No actúan. Jamás. No, no iba a ocurrir nada. Soy tan cobarde que escribo algo que no leerás jamás para decirte algo que no leerás. Así de estúpidos nos volvemos los humanos cuando nos enamoramos. Pero nunca recordarás nada de esto. Porque no sentiste lo mismo.

Ahora estoy sentado en uno de esos bancos roñosos que tan bien conocemos. Apoyo un trozo de papel en mi rodilla, con cara febril, deseando sacar todo esto. No lo puedo mantener dentro de mí. Pero ahí te veo. Hay un momento en la vida de todo ser humano en que sabe que el momento ha llegado. Un tren pasa y no regresa jamás. Pero no me va a pasar a mí. Creo que voy a levantarme y te diré algo. Sentía cómo tu pelo rozaba mi rostro, ahora, luego, más tarde.


¿Más tarde? Ahora.

[Todo lo que se cuenta aquí es pura ficción. Ninguno de los personajes y lugares existe realmente. Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia. El fragmento en cursiva es de Victoria, de John Mayer]

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