miércoles, 3 de octubre de 2012

Des-activismo moral

Cruzó el enorme portal y entró en la iglesia. Automáticamente, alargó su mano derecha, sumergió dos dedos en la pila de agua y se santiguó. Avanzó pesadamente a la vista del imponente Cristo que coronaba el altar. Sus dientes castañeaban, los brazos colgaban inertes y corrían lágrimas por sus mejillas macilentas, a toda vez que intentaba mantener una serenidad completamente fuera de su alcance. Se sentó en un banco y empezó a rezar, en silencio, la cabeza gacha. Oyó unos pasos cerca. El sacerdote se dirigía al confesionario. Precisamente para eso había ido allí. Volvió a levantarse. Penosamente. Seguía llorando. Dio un trastabillazo con un banco que no debía estar ahí. Abrió la puerta de madera y se deslizó dentro del cubículo. Perdóneme, Padre, porque he pecado.

Fuera llovía.

Ego te absolvo. In nomine patris, et filii, et spiritus sancti. Ve a casa, hijo mío.

Había perdido su trabajo. Él, un tiburón de las finanzas. Había perdido su trabajo. Un error lo puede tener cualquiera, pensó, mientras volvía a santiguarse. Un pequeño desfalco en las cuentas, le habían dicho. El balance no cuadraba, y por ello debían prescindir de sus servicios. Él, que tenía un olfato que había aportado millones a su empresa. No tienen derecho a hacerme esto, pensó. También pensó que debía vengarse. No, no podía, sólo era un pez enmedio de un arrecife de coral y podía pincharse al menor movimiento.

Fuera llovía.

Cruzó el enorme portal y salió de la iglesia. Automáticamente, bajó la pequeña escalinata y tropezó con un fardo de ropa vieja y sucia. Lo pateó y emitió un leve sonido. Oye, tú, ¿qué coño estás haciendo?. Al cabo de un rato, ambos bebían del cartón de vino barato. El vagabundo contó su vida. Le dijo que había nacido en una familia pobre y que su padre, carpintero, no podía mantener a los cinco hijos que tenía. El vagabundo, cuando era joven, aprendió el oficio de su padre y trabajó con él unos cuantos años; era un talentoso ebanista, aseguró, y era capaz de tallar bellas figuras con un pedazo de madera. Se casó con su  mejor amiga de la infancia y pronto llegaron los hijos, y eran felices. El vagabundo tenía unos pocos vicios cuando era joven, dijo. Uno de ellos era el juego y, evidentemente, un carpintero puede costearse apenas unas partidas de cartas si no recurría al préstamo. Después de quemarle la casa, sus acreedores aseguraron que, si volvía a ver a su familia, se encargarían de borrarlos de la faz de la tierra para siempre. Aún veo a mi hijo pequeño salir de la escuela, a lo lejos.

Pero a él le pareció poco si pensaba en lo que le había pasado a él.

-No sólo es el trabajo. Mi mujer no me ha dejado por eso.

Le contó cómo su mano, poseída, había golpeado repetidas veces la cabeza de su esposa. Una vez, otra. Ella había intentado cubrirse con las manos, pero él, más fuerte, siempre lograba apartarlas. El llanto no cesaba. Él tampoco. Consiguió escabullirse, lanzarle un pesado cenicero y cruzar la puerta. Se había ido de casa.

-La gente como tú me da asco.

El vagabundo se levantó. Seguía lloviendo. Él, un tiburón de las finanzas, había perdido su trabajo.

De repente, su espalda se arqueó y dio con las rodillas en el mojado, duro suelo. Empezó a toser. Los espasmos se apoderaron de su maltrecha musculatura. Sus pulmones luchaban por respirar, pero aparentemente, no había aire alguno que inhalar. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y los cerró de golpe. El charco de agua se teñía de rojo cada vez que tosía. Un esfuerzo terrible para mantenerse inmóvil. Ya le caía el sudor por su empapada faz cuando lo encontré allí, tirado. Me acerqué, le ofrecí el paraguas, pero estaba inconsciente. Llamé a una ambulancia y fui con él al hospital.

Embolia. La fibrosis pulmonar idiopática por fin había vencido. El médico me aseguraba que sobreviviría, aunque no sabían en qué condiciones.

El sol entraba por la ventana de su habitación. No ha venido a verme nadie, gracias por estar aquí. Le dejé el diario encima de la mesita y echó a llorar. Abrí el diario aleatoriamente.

"Mujer de mediana edad ha muerto en un callejón a causa de una hemorragia cerebral".

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