martes, 16 de octubre de 2012

El aliento del viento

Me pasé la mano por el pelo. El mar enfurecido, la luna mirándose en él, el viento intentando interponerse entre ambos. Pisé la colilla con el pie izquierdo y con el derecho, acto seguido, me di la vuelta. Giré la cabeza de nuevo. Volví a contemplar lo que ante mí se extendía como un universo, viejo conocido, fiel compañero. La luna llena insistía en iluminar lo que veía. Me coloqué bien la tres cuartos. Saqué otro cigarrillo y chuté el otro con la punta de la bota, deseando que, con él, se fuera una parte de mí. Ignoré el teléfono. Me senté en la roca más cercana. Quería esperar algo que no debía llegar jamás.

Me pasé la mano por el pelo. Vi el faro, allá a lo lejos. No hay luz que ilumine el camino. No hay camino. No hay recorrido delimitado por una mano divina que puedas seguir. Vi el faro, allá a lo lejos y un caracol empezó a subir por mi bota. Insistía. Había visto demasiado sufrimiento a mi alrededor. Cuando las campanas tañen a muertos, el mundo no llora. Se sumerge en un corazón de piedra que nada puede atravesar, y cuando el mundo no llora, es que está enfermo. El caracol empezó a subir por mi bota, e insistía. Lo enfermo tiende a morir. Lo muerto no puede volver a levantarse. Languidece en un estado de suspensión eterno. Pero lo eterno no existe, y al no existir lo eterno todo tiene un final. Incluso el sufrimiento. En un sentido u otro.

El caracol seguía subiendo por mi bota mientras la noche aullaba. Cuando las campanas tañen a muertos, el mundo sangra. No la verás, pero se huele, se nota, se palpa. Ignoré el teléfono mientras sonaba. Parecía urgente, pero hay instantes en la vida de toda persona en que el tiempo se para. Algo que no existe se paraliza. Aparentemente, todo deja de existir. Un instante. No se precisa absolutamente nada más. Un solo instante. El tiempo necesario para que el mundo sangre, pero no llore. Aparté el caracol. Todos debemos asumir que hay tareas imposibles. Realizaciones frustradas. Sueños que jamás se cumplirán. Pensé que el caracol se parecía a mí.

Me pasé la mano por el pelo. Bajé todo el montículo y eché a andar en dirección al pueblo. Casi corría. Esquivaba a todos aquellos que se cruzaban en mi camino. Sabía dónde quería ir. Pero no dónde terminaría. ¿Acaso eso tiene alguna importancia?

Sonreír es caro. Es tan caro que, a veces, uno debe vender su alma para hacerlo. ¿El alma?

Conceptos abstractos que dominan la vida humana. No los tocarás jamás.

A veces, es necesario tocar para saber que algo existe.

Existir siempre es algo muy relativo.

Lo relativo puede ser o no ser.

Ser implica existir. Pero no todo lo que respira es.

Respirar.

Respirar sostiene la vida.

La vida biológica es de lo más sencilla. La vida humana es un maldito galimatías sin sentido.

Un sentido que no debe buscarse, sino crearse.

No hay un sentido dado. Si lo asumes y crees que no puedes hacer nada para remediarlo, estás muerto.

Me pasé la mano por el pelo. El mar enfurecido, la luna mirándose en él, el viento intentando interponerse entre ambos. Pisé la colilla con el pie izquierdo y con el derecho, acto seguido, me di la vuelta. Giré la cabeza de nuevo. Volví a contemplar lo que ante mí se extendía como un universo, viejo conocido, fiel compañero. La luna llena insistía en iluminar lo que veía. Me coloqué bien la tres cuartos. Saqué otro cigarrillo y chuté el otro con la punta de la bota, deseando que, con él, se fuera una parte de mí.

Me senté en un banco a esperar. Familias que salen a cenar. Adolescentes que buscan la embriaguez más rápida y sencilla del mundo, que esperan encontrar el camino corto. El viento azotaba sus ropas del mismo modo que me acariciaba a mí como si fuera su amante más fiel. Sentía su aliento en mis mejillas y un susurro. Un susurro. Sólo uno. El mundo sangra, pero no llora, pero sigue moviéndose.

La noche siempre espera algo. Yo la esperaba a ella, y por eso seguí sentado en mi banco. Creer. Sentir. No es una absoluta estupidez, y al mismo tiempo lo es, y se espera algo, y no se pretende esperar más. El tiempo corre, el mundo sangra pero no llora, pero sigue moviéndose. Y no parará porque uno no consiga entender de qué va la película. Al fin y al cabo, el aliento del viento debería impulsarnos a seguir corriendo.

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