miércoles, 14 de noviembre de 2012

El único veredicto es venganza

Un futuro cercano.

Las piedras del pavimento cortaban la carne de sus piernas. El reguero de sangre indicaba cuál era el camino que quien quisiera no terminar de aquel modo no debía seguir. El pelo le tapaba la cara, pero podía adivinarse la derrota en su rostro. Todo había terminado. Dos hombres arrastraban sus frágiles hombros hacia adelante y le conducían a un destino incierto, al interior de una celda, al centro mismo del infierno que, a partir de aquel momento, sería su hogar. Sus captores, con los rostros ocultos, avanzaban con determinación entre la masa que, desconcertada, les dirigía improperios, insultos. Pronto callaban. Sabían que podían correr la misma suerte.

No estaba solo en su desgracia, aunque lo estuviera. Otras personas, al mismo tiempo, eran arrancadas de sus casas. Lágrimas, gritos, rezos a un dios que nada podía oír. La lucha había acabado para ellos. Los que les sucederían correrían la misma suerte. Pero, aún así, seguirían luchando. ¿O no?

Una celda de tres por cuatro metros. Un orinal sucio. Nada más. Postura fetal en un rincón de la celda.

Denunciar un modo de vida. Denunciar una suplantación de la justicia por otra cosa. Decir lo que piensas, hacer lo que dices, se ha vuelto peligroso. Apuntar directamente al cáncer de la sociedad. Proteger al débil, derrocar al fuerte. Sueños, sueños, sueños. Incluso soñar ahora es peligroso, y mientras las piedras del pavimento cortaban sus piernas, se daba cuenta. Esperaba que la sangre que teñía el suelo sirviera de guía a otros... pero ni siquiera él volvería a recorrer ese camino. Tal vez sí, tal vez lo volvería a hacer. Cuán feliz era manteniendo los ojos cerrados.

El único veredicto es venganza.

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