domingo, 4 de noviembre de 2012

Ella

Solo. Las cortinas echadas, la luz del sol luchaba por entrar. Él degustaba aquella sombra. De repente, se sintió Judas en la última cena porque se sabía un traidor. Se sabía sucio e indigno. De qué, ni siquiera él atinaba a especificarlo.

En otro momento, hace mucho tiempo

Mientras ella hablaba, él se fijó en el iris de sus ojos. No sabía de qué color eran, nunca lograba recordarlo. Pero conocía íntimamente cada veteado distinto, las trazas que otro color que no podía recordar dibujaba sobre una tela casi preciosa. Eran irreproducibles. Inigualables. Por eso, él bebía de sus ojos cada vez que los veía. A veces intentaba evitar no mirarlos y así, de algún modo, aparentar ser alguien normal. Pero no te has fijado, cómo son. Habría que estar ciego para no enamorarse de esos ojos y que, cual panóptico, te persigan el resto de tu vida, observándote desde esa perfección casi celestial. No, jamás recordaba de qué color eran sus ojos. Un péndulo que se balancea constantemente ante él y que apenas le deja pensar. ¿Pensar?

Apartó la vista e intentó articular algo con sentido. Por algún motivo, había olvidado toda palabra de cualquier idioma conocido.

Mientras ella hablaba, él ya no estaba allí. Imaginó todo aquello prohibido, lo que no podía ocurrir jamás. ¿Por qué? No lo sabía. Sólo sabía que no ocurriría. Condiciones de posibilidad que existen y se eluden conscientemente. Pero él no quería eso. Lo que quieres, lo que querrías y lo que tienes. Quieres olvidarla, la querrías a ella, sólo tienes una sombra. Mientras ella hablaba, él se fijó en el iris de sus ojos y volvió a caer en ese hechizo inescrutable. Casi como encontrarse ante una magnífica obra de arte. Cada una de las vetas de sus ojos le mandan un mensaje, simultáneamente. Él no es capaz de entenderlos todos, pero le gustaría hacerlo. Al fin y al cabo, es lo único que le queda.  Apartó la vista e intentó articular algo con sentido. Por algún motivo, había olvidado toda palabra de cualquier idioma conocido. ¿Pensar?

Mientras ella hablaba, él ya no estaba allí. Se dio cuenta de algo. Prefirió no hacerlo. Ni siquiera sabía si era cierto. Pero se dio cuenta de algo, y hay procesos irreversibles. A veces, no se puede dar marcha atrás. El tiempo es un río ancho y caudaloso; aunque tires una pesada piedra, su curso seguirá inamovible, impasible. ¿Somos todos pequeñas motas de polvo? Sin duda, así se sentía él, y mientras ella hablaba, llegó a una conclusión. No, jamás pasaría nada. El mayor obstáculo era él mismo. No, no lo era, pero las verdades suelen fundamentarse en lo que pensamos. Así se erigen los muros más difíciles de superar.


Ahora

En mitad de la noche, los cuervos graznan, reclamando su alimento. Él estaba dispuesto a proporcionárselo. Él, otro carroñero de sentimientos. ¿De qué se alimentaba su alma?

Agarró un gran libro de la estantería. El único que había. Empezó a pasar páginas mecánicamente, como si supiera qué había escrito en cada una de ellas. Se paró aleatoriamente en una de ellas y, prácticamente sin ver, la arrancó. La dobló cuidadosamente, la introdujo en el bolsillo y se fue.

En un lugar cualquiera. Mientras la luna brilla con toda su fuerza, él se apaga. Extrae un encendedor plateado de un bolsillo. Del otro, una página de su vida. La llama envuelve amorosamente el papel, como si su mejor tributo a lo que hay escrito fuera, precisamente, destruirlo.

En un lugar cualquiera. Anda durante una hora, sin rumbo. Entra en una iglesia, buscando algo. Se va con las manos vacías. Y así le ocurre en todos los bares donde pone un pie.

Prefiere hundirse en su mierda. Reflotar requiere demasiado esfuerzo.

Solo. Las cortinas echadas, la luz del sol lucha por entrar. Él degusta aquella sombra. De repente, se siente Judas en la última cena porque se sabe un traidor. Se sabe sucio e indigno. De qué, ni siquiera él atina a especificarlo. Pero algo le dice que se traicionó a sí mismo.

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