domingo, 18 de noviembre de 2012

Mareas del tiempo

En un lugar cualquiera. Sentada en una roca, contemplaba sin mirar y veía con los ojos cerrados. Oía cómo el mar impactaba con fuerza en algún punto del acantilado que no lograba localizar, y sentía como el viento mecía algo que ya no le pertenecía. 

Antes
Se encontró sola. Miradas que se precipitaban hacia el suelo cuando ella pasaba, oídos sordos que nacían y morían cuando su presencia se manifestaba. A ella ya le iba bien. La semilla del odio había caído en terreno fértil y había echado raíces con suma efectividad. No necesitaba a nadie. Todas aquellas relaciones que había establecido en el pasado fueron deconstruídas hacía mucho tiempo. Los odiaba y sentía que no podía ser de otro modo. No había otro modo. Ella era la dueña de su vida, una vida que no quería compartir con nadie. 

Después
El ataúd cerrado presidía la escena. 

En otro momento
Otra vez la Noche canta mientras amamanta a un niño horrible que, a cada nota, se asusta. Un niño que chilla y berrea. Su madre, la Noche, no sabe qué hacer con él. El cuervo, expectante, se posa junto a la criatura y se siente ignorado. Con placer, el aire, suave, circula entre los árboles transportando ese macabro llanto, pero una sombra furtiva lo sigue. Corre y se mueve como el buitre que quiere comer, sintiendo en su piel el dolor. El cuervo alza el vuelo y ve dos ríos. 

Antes
Se sabía carroñera. Había parasitado los sentimientos de todos aquellos que, a lo largo de su vida, habían estado allí. Una vez su cometido había finalizado, ella los desechaba. A ella ya le iba bien. La semilla del odio había caído en terreno fértil y había echado raíces con suma efectividad, pero siempre hay un cuervo que, expectante, se posa junto a la criatura y se siente ignorado. Un fuerte impulso, una pulsión de muerte, era su único motor para levantarse por las mañanas. Pero tampoco sabía por qué insistía.

Después
El ataúd cerrado presidía la escena.

En otro momento
Uno de los ríos llega al mar. El otro fluye por bruscos rápidos hasta terminar de repente. El cuervo observa mientras oye el llanto del niño. Desesperado, elige la segunda opción. Él no iba a ser quien sufriera por un engendro. Oh no. Grazna el cuervo mientras se precipita hacia su muerte. La vida es un tránsito lleno de infames parásitos que viven de un Supuesto. Todos mueren pero nunca vuelven. Así, mientras, río y persisto. 

Antes
Se encontró sola. Miradas que se precipitaban hacia el suelo cuando ella pasaba, oídos sordos que nacían y morían cuando su presencia se manifestaba. A ella ya le iba bien. La semilla del odio había caído en terreno fértil y había echado raíces con suma efectividad. No necesitaba a nadie. Todas aquellas relaciones que había establecido en el pasado fueron deconstruídas hacía mucho tiempo. Los odiaba y sentía que no podía ser de otro modo. No había otro modo. Ella era la dueña de su vida, una vida que no quería compartir con nadie. 

Después
El ataúd cerrado presidía la escena. Nadie quiería acercarse. Una, la madre de la chica, lloró de rodillas. El cura miró apenado a la mujer. Qué errores había cometido, él no lo sabía. Quizá ella tampoco, pero el cura sabía que nadie lloraba por un cuervo.


En un lugar cualquiera. Sentada en una roca, contemplaba sin mirar y veía con los ojos cerrados. Oía cómo el mar impactaba con fuerza en algún punto del acantilado que no lograba localizar, y sentía como el viento mecía algo que ya no le pertenecía. Poco le importaba.


No hay comentarios:

Publicar un comentario