martes, 11 de diciembre de 2012

Bucles

Una decisión que en vano se repite. Ressa creyó tenerlo claro y, hasta cierto punto, era consciente de ello. Ya lo había hecho antes. Volverá a hacerlo. Pero en circunstancias como ésas, en las que una persona debe tomar una decisión, volvería a hacerlo. En su fuero interno, sabía que fallaría. Como el resto de veces. Y volvería a fallar de nuevo la próxima vez. Y la siguiente. Lo peor de todo era saberlo.

Una decisión que en vano se repite. Como si el destino se abalanzara sobre ella y no pudiera liberarse de una garra que siempre era mucho más fuerte que ella. Como si su sino estuviera escrito y no tuviera capacidad para librarse de él. Como si pretendiera ser libre, en un mundo ideal donde ella podía haber sido ella. Pero en circunstancias como ésas, en las que una persona debe tomar una decisión, volvería a hacerlo y volvería a fallar. Lo peor de todo era saberlo.

Una decisión que en vano se repite. Quería ser libre. Abandonar un envoltorio de carne, abandonar la opresión que otros imponían sobre ella. Anhelaba la libertad más que ninguna otra cosa, pero debía elegir. Ella o los demás. El destino se abalanzó sobre ella y no pudo liberarse de una garra que siempre era mucho más fuerte que ella. Como si pretendiera ser libre. Como el resto de veces. En un mundo ideal, ella sabía que no sería así. Pero lo cierto es que el mundo no era ideal.

Una decisión que en vano se repite. Abrió los ojos y vio el mundo. Muerte, podredumbre, un sinfín de vicisitudes que, aparentemente, no tenían motivo alguno. Pero ocurrían, lo cierto es que ocurrían. Una insistencia en espiral descendente que descendía cada vez más. Ella no podía soportarlo más. Pero en circunstancias como ésas, en las que una persona debe tomar una decisión, volvería a hacerlo y volvería a fallar. Y volvería a fallar de nuevo la próxima vez. Como si pretendiera ser libre.

Una decisión que en vano se repite. Abrió los ojos y vio algo más. Su espíritu encontró alimento. Se sentía saciada, satisfecha. Había encontrado algo que no sabía que existía. Una sintonía casi perfecta, una comunión con otra persona que nunca había sentido. Su corazón, latiente, volvía a latir otra vez como si fuera un niño que consigue dar sus primeros pasos. Avanzaba. Hacia adelante. Abrió los ojos, por fin, abrió los ojos y quiso ver más de lo que veía.

Una decisión que en vano se repite. Una relación cuyos lazos bilaterales nutren a dos seres. Ella, por fin, se supo feliz. Sabía que podía volver a vivir en paz. Pero en circunstancias como ésas, en las que una persona debe tomar una decisión, volvería a hacerlo y volvería a fallar. Lo peor de todo era saberlo, y ella sabía que todo termina. En un mundo ideal, el dolor no existe. Pero este mundo lo tiene absolutamente todo. Incluso seres humanos.

Una decisión que en vano se repite. Sabía que su peor enemigo no era el mundo. Éste insistía en ignorar su existencia. Si este insistía en ignorar su existencia, no había peor enemigo en el mundo para ella misma que ella misma. Todo se repite, todo regresa, incluso el sufrimiento de otros que se marca al hierro candente en el alma. Aullidos en mitad de una noche perpetua que reclaman algo. Ella no sabía qué querían, y sufría. Sólo le quedó luchar. Por ella. Por los demás. Por algo que nunca volvería.

Una decisión que en vano se repite. Abrió los ojos de nuevo. Otra vez. Se sabía marioneta, una suerte de muñero con hilos cuya principal virtud es la falta de movimientos. No podía. Simplemente, no podía, y al no poder quiso terminar, cortar los hilos. Quizá sería la única decisión buena que tomaría en su vida.

Una decisión que en vano se repite. Siempre se repite.

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