sábado, 15 de diciembre de 2012

Crisálida

Sólo se nace una vez. Ressa ya lo había hecho en su momento, pero creía que después de morir había otra posibilidad. Un nuevo comienzo en el que todo podía ser distinto. Después de haber descendido hasta el infierno y haber saboreado las mieles del dolor, creía que podía volver y ver otro mundo distinto. Igual que un trueno que parte el cielo en dos, su furia hizo que despertara de un sueño casi eterno, etéreo como una pluma que cae hasta el suelo y que, al mismo tiempo, no encuentra un lugar donde posarse. Todo ocurría deprisa, y Ressa quiso que terminara. Cuando lo hizo, vio algo más.

Un capullo que envuelve el alma mientras ésta crece. Un cuchillo que atraviesa el corazón por la mitad, un instante en el que, después de morir, algo se gesta. Se levantó, palpando su cuerpo como si no lo reconociera. Dio un paso, después otro, asombrándose de sus piernas. Después de haber descendido hasta el infierno y haber saboreado las mieles del dolor, se sentía renacida como si hubiera pasado por un fuego que destruyó todo lo que era. Cual ave fénix, decidió que quería volar. Al fin y al cabo, el dolor es dulce para quien cree que lo es. 

Sólo se nace una vez. Un capullo que envuelve el alma mientras ésta crece y que, poco a poco, cura lo que antes se había infringido con ira. El mundo puede ser lo que él quiera, yo no, penso ella, y mientras tanto, todo sigue su curso. Un curso que no se detiene aunque una crisálida deba romperse. Ella echaba de menos la calidez de un lugar que ya no existe. La comodidad del que se sabe libre de cualquier pensamiento. El momento en el que un alma pura y virgen desciende al mundo. Ella se sabía contaminada. O se supo contaminada. Ahora se sentía libre, limpia, como si hubiera pasado por un fuego que destruyó todo lo que era. Todo ocurría demasiado deprisa y ella no encontraba un lugar donde posarse, pero decidió que le daba igual. Al fin y al cabo, el dolor es dulce para quien cree que lo es.

Un capullo que envuelve el alma mientras ésta crece después de una muerte segura. La crisálida que debe aprender a manejarse en un lugar que no es suyo, que nunca será suyo pero que, aún así, debe fingir que sí lo es. Yo le dije que no se equivocaba, pero que, al mismo tiempo, no tenía razón.

-No tengo lugar en el mundo.
-Lo tienes, claro que lo tienes. Pero yo no puedo dejarte marchar, y lo sabes. 
-Lo sé. Pero, ¿acaso estás ciego? ¿No lo ves? ¿No ves lo que está pasando?
-Claro que lo veo. Y lo sé. Y lo siento. Pero tú no puedes estar aquí. Quisiera que así fuera. Quisiera que fueras libre, que vieras lo que yo veo, que sintieras lo que yo siento. 
-Y, aún así, debo permanecer encadenada a ti. 
-Lo hago para protegerte.
-¿De quién?
-De mí mismo.

Sus ojos castaños centellearon. Me miró con resentimiento, pero yo no pude más que bajar la vista, seguir fumando y pensar que ella merecía vivir más que yo. Ressa sujetó el vaso, tomó un sorbo y, lamiéndose los labios, apartó el pelo de su cara y dijo:

-Si sigo encadenada a ti, seguiré sufriendo. Si sigo viva de este modo, me destruirás, igual que destruyes todo lo que tocas. Preferiría no haber salido nunca de la crisálida. Preferiría no haber nacido antes que formar parte de ti.
-Pero formas parte de mí. Formas parte del mundo. Formas parte de todo. Sigues estando dentro de mí, igual que todos esos seres a los que ves sufrir. Quisiera que fueras libre, pero la libertad no existe. Ni siquiera yo soy libre.
-Eres un mentiroso.

Sólo se nace una vez. Mientras una lágrima recorría su mejilla, me acomodé en la silla. Debía seguir sujetando a Ressa como si fuera un polluelo que no puede caerse del nido. Ella seguía siendo mi esencia. Y como todo ser vivo, no puede vivir sin esencia. Una esencia que la propia Ressa despreciaba sin saber que se refería a ella misma. Seguía siendo todo lo humano que había en mí, que había en el mundo. Y por ello, la crisálida debía romperse. Aunque ella no quisiera.

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