martes, 4 de diciembre de 2012

Esquizofrenia del mestizo (II)

Otra vez. No, esta vez no. Farolas a lado y lado de la calle, una carretera que lleva al infinito. Ella sólo ve lo que tiene delante, pero sigue andando. Detrás suyo las huellas insisten en permanecer. No quieren irse. Ella tampoco, pero sabe que debe hacerlo y sólo conoce un camino. Conoce lo que deja atrás y es consciente que, en algún momento, después de esa oscuridad que se alza delante de ella como si fuera una fortaleza inexpugnable, se arrepentirá. Aprendió que no debía cuestionarse sus propias decisiones. Lo había hecho. No lo hubiera hecho, quizá, pero no fue ese el caso, y al no ser el caso, prefirió seguir andando. No quería que nadie tuviera nada suyo, no quería dejar nada atrás. Pero sí, todo quedó atrás.

A cada paso que daba las piernas le duelen. Pequeños alfileres se clavan en su maltrecha carne. Ella sabe que se lo merece, que todo lo que había hecho antes tiene ahora su consecuencia. ¿Podía elegir? Creía que no. Sabía que el momento de la elección es raro, poco usual. Pocas veces podemos elegir, y ella me lo contaba una vez, mientras su cabeza gacha miraba el suelo, su pelo ocultaba su bello rostro y una lágrima se deslizaba por su mejilla. Irse. 

Una batalla perdida que para Otro siempre es una victoria.

Lo desconocido le aterra y mientras anda su corazón late más deprisa. Su cabeza se mueve y sus ojos buscan algo que no ven. Ella quiere que todo termine, pero no lo hará. Siempre luchará por algo que no es suyo, que no le pertenece. No quiere hacerlo, pero lo hará. 

La yema de su dedo trazaba un intrincado símbolo en la ceniza. Sentía el impulso de ser buena, y por ello quiso dejar su marca en el mundo aunque no perteneciera a él. Se sabía intrusa. Siempre intrusa. Aún así, aunque ella no fuera buena, había una última cosa que podía hacer. Porque nunca se había sentido cómoda. Sólo, circunstancialmente, cuando la oscuridad le abrazaba como la dulce amante que era, era completamente feliz. Sólo cuando la ausencia de luz le permetía verlo todo claro. Ella sabía que no era buena, pero probablemente nadie lo es.

De repente, despertó. Un día cualquiera, por la mañana. Se tomó el café en un banco, en la universidad. Veía sin ver y, mientras fumaba compulsivamente, daba tragos a un gran vaso de café. Apenas había dormido. Dos veces se había mordido el labio y su cabeza presentaba un moratón debajo del pelo. Se levantó y fue a un aula vacía. Abrió la puerta y vio un gran charco de cieno negro que se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Sin pensar, introdujo uno de los pies y cayó.

De repente, despertó. Al día siguiente, por la mañana. Se sentó delante de una mesa, agarró papel y bolígrafo y escribió.

Otra vez la Noche canta mientras amamanta a un niño horrible que, a cada nota, se asusta. Un niño que chilla y berrea. Su madre, la Noche, no sabe qué hacer con él. El cuervo, expectante, se posa junto a la criatura y se siente ignorado. Con placer, el aire, suave, circula entre los árboles transportando ese macabro llanto, pero una sombra furtiva lo sigue. Corre y se mueve como el buitre que quiere comer, sintiendo en su piel el dolor. El cuervo alza el vuelo y ve dos ríos. 

Lo tachó.

Me llamo Ressa. Mi edad no importa. Ya no sé qué hago aquí. Bueno, sí lo sé, pero prefiero ignorarlo. Pero estoy cansada.

Se levantó de golpe. No podía seguir viviendo así, pero quería hacerlo. Tenía que hacer algo. No quería volver a ser lo que era antes. Se negaba. La toma de consciencia siempre es dolorosa, pero cuando tiene lugar, nada vuelve a ser lo que era. Lo que era no podía volver, y ella tampoco. No hay vuelta atrás, no existe posibilidad de retorno. Lo que se ha dejado atrás puede cambiar y ya nunca vuelve a ser lo mismo. Ella quería volver a ser una niña que, en su inocencia, fuera incapaz de ver nada. No quería. Pero sí quería. 

Farolas a lado y lado de la calle, una carretera que lleva al infinito. Ella sólo ve lo que tiene delante, pero sigue andando. Detrás suyo las huellas insisten en permanecer. No quieren irse. Ella tampoco, pero sabe que debe hacerlo y sólo conoce un camino. Conoce lo que deja atrás y es consciente que, en algún momento, después de esa oscuridad que se alza delante de ella como si fuera una fortaleza inexpugnable, se arrepentirá. No hay muerte que dure para siempre, ni tortura que se extienda hasta el infinito. Porque el infinito no existe, ¿verdad?

¿Podía elegir? Creía que no. 

[A Dani y a Esther. Gracias]

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