miércoles, 26 de diciembre de 2012

No es lo que parece

No es lo que parece. Andar por la ciudad, paraíso del clarobscuro, de la majestuosidad y de la inmundicia. Sus pasos se dirigían resueltamente hacia aquel local que tan bien conocía. Un bar, un antro, un agujero de mierda. Daba igual. Sabía dónde iba y eso era suficiente, o solía serlo. Tiernas parejas que salían a cenar, aves rapaces que quieren ligar como sea y familias que ya vuelven a su casa. Daba igual. La ciudad siempre era una alcantarilla llena de ratas, y Ressa lo sabía. Entre ellas se movía constantemente. Pero iba a aquel bar, aquel antro, aquel agujero de mierda. Allí buscaba un consuelo que siempre se postergaba.

No es lo que parece cuando miras sin ver. Llamó la atención del camarero con insistencia. Quería beber algo. Ya. Claro, como no estoy tan buena como el resto no me haces ni puto caso. Ressa observó el ambarino néctar del Santo Grial como si sólo el whisky entendiera lo que pasaba por su cabeza, pero ella sabía que sí, alguien la entendía. Daba igual. En aquel bar, aquel antro, aquel agujero lleno de ratas, estaban ella y alguien más que no conocía. Seguía dando igual. Ressa observaba los ojos de aquel hombre y vio un abismo insondable donde todo cae para nunca jamás volver de una realidad que juzgamos nuestra y no lo es pero insistimos en creer que es la única posible a pesar de saber que cada mundo es una infinitud en sí mismo. Daba igual. Ella quería saberlo todo. Pero buscaba un consuelo que siempre se postergaba.

No es lo que parece cuando miras sin ver y sólo lo que ves importa. La barba de tres días goteaba. La ginebra ya había formado un diamantino charco en la mesa. Sus dedos tamborileaban al ritmo de algo que sólo él podía oír. Se levantó. Dudo. Volvió a tomar asiento. Ressa observaba fijamente. Primero un dedo. Luego el otro. Se rascaba la barba y seguía. Parecía esperar algo, ella no sabía qué. Daba igual. Pidió otro whisky al camarero. Éste le dijo que no se lo servía. Ella volvió a insistir. No. Empezó a apartar toda la gente que había estado allí y que ella no veía. Para qué. Daba igual. Quería buscar un consuelo que siempre se postergaba.

No es lo que parece cuando miras sin ver y sólo ves lo que importa aunque estés ciego. Andar por la ciudad, paraíso del clarobscuro, de la majestuosidad y de la inmundicia. Sus pasos se dirigían resueltamente hacia ninguna parte mientras su mente divagaba en cielos llenos de humo. Lo que no está escrito puede escribirse, pero puede también no ser escrito. No ser pensado. Relegado a un hipotético quizá que, probablemente, sea posible. Pero no. Daba igual. Ella era lo que era y así se enfrontaría al mundo aunque se sabía derrotada. Daba igual. Perder lo que se es es perder lo que se será. Y ella no cree en el futuro. Cree en un presente perpetuo con un pasado que forma una muralla que crece y crece sin cesar cuyo límite es infinito y no se ve. No se ve. Da igual. Una batalla perdida no era mandar la guerra al garete, pero no quería luchar. Nunca había querido. Ressa observó el ambarino néctar del Santo Grial como si sólo el whisky entendiera lo que pasaba por su cabeza, pero ella sabía que sí, alguien la entendía.

Quizá quería pensar que todo podía ser distinto. Que el mundo podía ser distinto. Que ella podía ser distinta. Conocía la verdad a pesar de todo ello y sabía que había fuerzas que podían hacer posible ese cambio. Pero no para ella, no allí ni en ese momento. Otro lo haría. Ressa se preguntó por qué. No hay destino ni Dios. No hay un dedo que dirija el sino de las personas. Entonces, ¿por qué?

No puedes ganar esta batalla. Hola, qué tal, cómo va eso. En la oficina. 30°C. El tedioso hastío odioso del verano. El antaño fogoso supervisor estaba sentado en su lujosa butaca, con el rostro enterrado entre sus manos. Ressa supo que su mujer había muerto. Vio a un vagabundo con sueños, con esperanza en un futuro mejor. Vio a un adolescente que quería morir. Vio a un ama de casa que iba a casa de su amante. Vio a un anciano que quería volver a ser joven. Y había visto a un hombre con barba de tres días y empapado en ginebra que había matado a su mujer. Daba igual. Pero ella seguía esperando algo que se postergaba. No hoy. Pero algún día, todo iba a ser distinto.

But baby don't cry.

No hay comentarios:

Publicar un comentario