jueves, 3 de enero de 2013

Algo sencillo (II)

Observa la luna. Un espíritu preso del tiempo que se regocija en su desgracia. Un pájaro sin alas que mira al cielo con nostalgia. No corre sangre por sus venas ni albergan sus pulmones un solo aliento sano. Cree en lo que ve,  y no es poco. Vive lo que se extiende ante ella, y no es poco. Y, por todo eso, quería algo más.

El viento fluye sin ganas y Ressa anda con el corazón en un puño. Ceño fruncido mientras el sol ya se oculta, cuando un mundo se troca por otro y ella, por fin, regresa. Está sola. A veces, odiaba a los seres humanos porque no comprendían nada. Pensó en las personas que la rodeaban a diario. Intrigas, conspiraciones. Su único deseo era traicionar al otro mientras sus propias desgracias constituían el centro de un universo tan pequeño que apenas existía. Repugnante. Se sobrevaloraban a sí mismos y, al mismo tiempo, creían que todo aquello que les rodeaba tenía un valor relativo. Demasiado relativo. Ressa sentía que vivía en un circo donde los payasos bailan y cantan, donde los osos más amenazadores están domesticados. Ignoran que hay alguien que les azota, pero les da igual. Si su baile se modifica un solo ápice lloran, patalean. Sus berrinches eran muy irritantes. Ella observa las caras que pasan por su lado, que empiezan a existir cuando las ve y mueren cuando ya no están. No volverá a verlas y quiere aprender de ellas. Pero, en el fondo, sabe que son todos iguales. ¿O no?

Observa la luna. Un espíritu preso del tiempo que se regocija en su desgracia mientras un pájaro sin alas mira al cielo con nostalgia, sabiendo que jamás volverá a volar. Todo era más sencillo de lo que parecía, pero al mismo tiempo era demasiado complicado. Miles de pinceles que manchan un lienzo en blanco e insisten en emborronarlo todo. Pero eran sus propias manos, ellos mismos. Realmente, parecen estúpidos, pensaba ella. Lo son demasiado para vivir en un mundo hostil. Son ovejas en un redil mientras alguien les azota. Quizá podían haber sido algo más, una mancha negra en un lienzo blanco donde todo se supone ordenado. No quieren, ella lo sabe. Lo más sencillo será siempre vivir bajo las normas de otro, incluso si éstas incluyen sacar lo más humano que hay en ellos. ¿Ser humano? Ressa tuvo que aguantarse la risa. Sabe que, en el fondo, son todos iguales. ¿O no?

Un espíritu preso del tiempo que se regocija en su desgracia mientras un pájaro sin alas mira al cielo con nostalgia, sabiendo que jamás volverá a volar, nunca. Se dio cuenta que ella era como los demás. Podía verlos, entenderlos, despreciarlos y, al mismo tiempo, reconocerse en ellos. No sólo era consciente de lo que ocurría a su alrededor, sino que, además, no le condecía importancia. Repugnante. Creía vivir en su propia pesadilla al darse cuenta de que seguía siendo como ellos. Por qué. Ella quería algo sencillo. Todo podía ser sencillo. Se disparó un músculo de su mandíbula y apretó los puños. Un niño a su lado se asustó y tiró de la falda de su madre. Ressa fingió no darse cuenta. ¿Acaso debía arrepentirse de sus acciones? Claro que no. O sí. No lo sabía. Vio que empezaba a dar vueltas alrededor de algo que no tenía importancia. Porque la importancia es un valor añadido, no intrínseco. Menuda estúpida. Menudos estúpidos. Aunque yo mismo sigo estando entre ellos, mientras escribo esto recuerdo todo lo que he vivido y sé que Ressa tiene razón. Pero la ceguera es más placentera.

Observa la luna mientras el viento fluye sin ganas. El sol empieza a despuntar por el horizonte y se adivina ya un nuevo comienzo. No sabe si volverá a ser lo mismo. Pero sobre aquel acantilado, con la brisa acariciando su pelo, todo parecía más sencillo. Sólo aquel lugar en aquel instante y no existía nada más. Sabía que era mentira. Pero la ceguera es más placentera. Ya le daba igual estar en un microuniverso donde sólo existiera ella. Ya le daba igual, porque, al fin y al cabo, sólo ella podía cuidar de sí misma. Nadie más lo haría. Y mientras observa el amanecer, sonríe. ¿Podía ella cuestionar las decisiones de los demás? Podía y no podía. Mientras enciende el cigarrillo piensa que puede ser feliz. Tener algo sencillo. Y hacer más sencilla la vida de los demás. ¿Por qué? Porque sabía que no le quedaba nada más en este mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario