lunes, 7 de enero de 2013

Claustrofobia

[Lo que sigue remite a http://davidmartorell.blogspot.com.es/2012/12/bucles.html y http://croisetseptde1845.blogspot.com.es/2012/12/conversaciones-imaginarias.html en riguroso orden]

No hay nada épico en tomar decisiones terribles, no hay nada grandioso en ceder al placer, ni hay nada trascendente en amar de un modo incondicional, sean cuales sean las consecuencias. Cuando pensó en lo irónico que resultaba todo, se echó a reír. Agarró el abrigo, abrió la puerta y salió corriendo. Caía la noche y los transeúntes observaban como huía de algo que no la perseguía. Ella siguió a la carrera. Una calle, otra, luego una esquina. Un traspié con la acera. Un cláxon nervioso le llamó la atención. Había estado a punto de morir. Qué importa. Sus pies, raudos, seguían la dirección del viento, como si siguiera un mapa imaginario que ni siquiera conocía. Pero estaba ahí. Sintió el aliento apremiante de sus peores pesadillas en su cuello. Ya había probado ese beso antes, pero ahora no lo quería. Ahora. Uh, perdone. No corras, chiquilla. Saltó una valla. Metió el pie en el barro y resbaló.  Sacudió la zapatilla mientras oía un grito a su espalda y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Tenía que seguir corriendo. Tenía que huir. Sí, hacia allí. Sí, allí era. 

Le costaba respirar. Cuando lo constató, pensó que siempre tenía una zarpa alrededor de su cuello presionando, una Mano que la controlaba. Intentaba revolverse bajo esa red. Una vez y otra vez y otra vez hasta que se rendía. Otra esquina y una avenida. Árboles a lado y lado, no hay coches en la calzada. En línea recta corre Ressa. Ve su destino. Cada vez más alto se eleva sobre el cielo. Esquiva cuerpos y empieza a sollozar. Le duelen las piernas mientras el pelo se lleva las lágrimas, los restos de la persona que una vez fue. No ve nada más que su objetivo, corre, corre, corre. Primero un pie, después el otro, corre, corre. Sabe que no puede parar. Gira la cabeza y vislumbra a su perseguidor. Una figura alta, pelo largo negro. Se oye el martilleo de sus botas al golpear el suelo. Ressa grita, pero nadie le oye. De la nada aparece algo. Algo que se interpone entre su pie y su destino. Y cae.

El carcelero
Abre los ojos. Barrotes. No ve apenas nada a través de ellos. Se aparta el pelo del rostro. Vi los surcos de las lágrimas en su cara sucia. Levanta la cabeza y la miro a los ojos mientras sonrío. Se estremece de terror al verme e intenta hablar. Shhhh. Me siento en una silla que hay a mi lado. Cruzo las piernas y la observo mientras pretende levantarse. Se ha roto el pie y no consigue incorporarse. Apenas puedo aguantar la risa.

Tampoco hay nada épico en huir para siempre. Es una batalla que no se puede ganar, y mientras ella sollozaba, yo seguía hablando. Intenta zafarte de tu propia vida. Vamos, inténtalo. Creo que ya has tenido suficiente. No soportas ver mis ojos, pero nunca has soportado la mirada de nadie durante demasiado tiempo. Te has ocultado a lo largo de toda tu vida buscando un refugio que se antoja confortable y no deja de ser una trampa. Caíste en ella. Y yo me dedico a cazar a los incautos. Has estado aquí antes. Varias veces. De hecho, nunca has salido de aquí. Aún recuerdas mi mano rodeando tu cuello, pues yo soy tú y soy los demás. 

Ella
Ressa vio como el hombre vestido de negro se levantaba y desaparecía entre las sombras. Se arrastró hacia los barrotes. Se sentía exhausta. Agarró el frío hierro con las manos y agitó las manos, como si así pudiera liberarse. Se levantó. Palpó las paredes. Sus ojos giran y giran buscando una salida. Socorro, ¿hay alguien ahí?. Oyó una risa allí a lo lejos. Grita y grita. Sigue buscando algo. Encuentra un papel en el suelo. 

Cuando te encuentras en el borde, pocas cosas tienen importancia. Nada tiene importancia. Sólo tu y tu desesperación. Hay putrefacción hasta allá donde alcanza la vista, solamente ves aquello que, sencillamente, sientes. Una negrura insondable gobierna tu alma y te abocas a un vacío que te llena. Algo palpita en tu interior y obedeces. Lo ves claro. Tú y los demás. No vivís. Todo es tan banal que no merece la pena. Para qué, te preguntas mientras respiras. Podrías dejar de hacerlo. Para qué. Ni siquiera la perspectiva de vivir inmerso en un mar negro te asusta. Ya lo has hecho. Podrías volver a hacerlo. Al fin y al cabo, crees que es tu hábitat natural. Crees que no naciste para ser feliz. Crees que no naciste para experimentar placer. Para experimentar amor. 

Se sentó y rodeó sus piernas con los brazos. Ya lo sabía. Claro que lo sabía. Había vivido siempre encerrada en una jaula y ella había tenido siempre la llave. Pero se estaba bien dentro. Ahora quería salir. Quería hacerlo, de veras que quería hacerlo. Pero los mayores anhelos del ser humano son aquellos que no reciben ninguna respuesta,  y mientras Ressa derramaba una lágrima por ella, supo que era demasiado tarde.

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