domingo, 13 de enero de 2013

Cruzar la línea

Le dio por encender el cigarrillo y cruzar la calle. No había motivo alguno. Miró a lado y lado y pisó el paso de peatones como si fuera esa línea de la que nadie puede desviarse. Olía a meado de gato, a basura, a perfume barato. Olía a pan recién hecho, a felicidad y desesperación. Su cerebro había puesto etiquetas a todo lo que veía y su mente almacenaba recuerdos. Muchos recuerdos. A menudo Ressa se sentía abrumada por ellos. Por su intensidad. Por su cantidad. Por la imposibilidad de delimitarlos y, sobre todo, por no poder eliminarlos. Hola, qué tal, cómo va todo. Bien, gracias. Ressa leyó su rostro, sus movimientos, y supo que mentía. No iba bien, pero aquello dejó se ser asunto suyo hacía mucho tiempo.

En otro momento, se habría cuestionado y habría preguntado. Profundizar más en el alma de los demás. ¿Alma? Tonterías. No es eso lo que nos mantiene en pie, pensó Ressa mientras el cigarrillo consumía la vida de ella y, al mismo tiempo, a sí mismo. Le parecía oportuno. Si algo habría aprendido es que nada tiene sentido por sí solo. Algo que no está ahí y ellos insisten en crear. Quizá es que realmente es necesario. Saber que todo se hace por algún motivo y que todo tiene una recompensa. Actuar en pos de algo que no existe. Ingenuos, pensó Ressa mientras pedía un café y escuchaba Danger Line. 


Cruzar la línea siempre es peligroso. Ver que la vida humana no tiene un sentido si no es relatarse a sí misma. Ver que sólo si se trazan objetivos todo puede adquirir un sentido que, en el fondo, se desploma. Que no existe nada más que un ahora que se escapa a cada momento. En algo tenemos que consolarnos, pensó ella. Pero eso había dejado de ser asunto suyo.


Los niños ya salían del colegio. Corrían, gritaban y sus juegos llenaban de alegría al grupo de padres que esperaban. Ressa pensó que esos críos crecerían y perderían esa ingenuidad. En algún momento se darían cuenta de la verdad. Pero algo hay que preservar de todos ellos.

-Póngame un paquete de filtros, por favor.
-Uno con cincuenta, por favor.
-Se lo doy justo.
-Gracias.

Se preguntó acerca de aquella mujer y lo que hacía en su vida. Si vivía según lo establecido. Si se hacía preguntas. Si no se las hacía. Le picó la curiosidad y quiso tener valor para hablar con esos seres que constantemente la rodeaban. Maldijo al cielo por haberla despojado de algo que se supone propio de las personas. El autoengaño. En pequeñas dosis. Poco a poco. Una desintegración del tapiz que es el futuro. ¿Qué es el futuro?

Volver a pensar en el sentido como algo vacío y ser consciente de ello, y ser feliz, y operar a través de ello. Difícil. ¿Qué es el futuro?

La ingenuidad perdida que se sustituye por un sucedáneo. Ella no lo quería. Quería lo auténtico, lo perdido. Lo que ya no volvería. No se dio cuenta de ello hasta que lo perdió. Una maraña que se hunde en lo relativo y que se transforma en humo cuando intenta alcanzarla. Se convierte en nada.

Después, lo mismo. En un supuesto futuro, ¿habrá lo mismo? ¿Más incertidumbre? ¿Cuándo se dio cuenta? Cuando llega el fin, poco importa el por qué o el cuándo o el dónde. Ocurre, y se asustó. Soportarlo era más de lo que podía hacer. Se acabó.

Le dio por encender el cigarrillo y cruzar la calle. No había motivo alguno. Miró a lado y lado y pisó el paso de peatones como si fuera esa línea de la que nadie puede desviarse. Olía a meado de gato, a basura, a perfume barato. Olía a pan recién hecho, a felicidad y desesperación. Su cerebro había puesto etiquetas a todo lo que veía y su mente almacenaba recuerdos. Muchos recuerdos. A menudo Ressa se sentía abrumada por ellos. Por su intensidad. Por su cantidad. Por la imposibilidad de delimitarlos y, sobre todo, por no poder eliminarlos. Hola, qué tal, cómo va todo. Bien, gracias. Ressa leyó su rostro, sus movimientos, y supo que mentía. No iba bien, pero aquello dejó se ser asunto suyo hacía mucho tiempo. Pero al mismo tiempo seguía siéndolo.

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