martes, 7 de mayo de 2013

Swish, swish

Un cielo rojizo, el viento sopla con fuerza. Bajo sus pies, un yermo páramo. Las huellas siguen vivas entre el polvo y sus ojos escrutan lo que se extiende más allá de lo que logra alcanzar su vista. Observa atentamente. Corren más las nubes en su transcurrir infinito que sus pies, pasos vacilantes, firmes, atentos. El miedo jamás se adueña de los inconscientes.

Un grito. Luego otro. Nadie responde. Nadie más habita una llanura muerta donde no hay ninguna posibilidad de nada. Pasos regulares que conducen hacia adelante ante lo desconcertante y no hay camino válido. Se alza el ponzoñoso polvo a su espalda, sus pies golpean con fuerza la tierra, buscando una seguridad que nadie puede darle. La duda jamás se apodera de los valientes.

Una señal, allá, a lo lejos. Una mano tendida ofreciendo ayuda. Sus pies, de repente alados, raudos persiguen saciarse de ese agua que, de repente, parece surgir de cualquier parte. Entonces el cielo rojo pasa a ser negro y luego azul y corren los astros en su particular carrera mientras ella vuela y corre y vuela pero no tropieza y, ahora, el cielo ya no puede verse. Tampoco, allá, a lo lejos, puede verse nada. Sólo los ciegos de corazón pueden correr sin caerse.

Nunca se acaba. No, nunca se acaba cuando ella espera que termine. No sabe dónde está, no sabe qué ha pasado, de dónde viene y a dónde va. Sabe quien cree que es pero no quien es. En una llanura fantasmal viven los espíritus de lo que parece ser lo que ya no volverá. Certezas que caen cual castillo de naipes y, ahora, justo ahora, debe andar hacia alguna parte. Sólo los que no se definen tienen un camino trazado.

Mientras tanto, un penetrante silbido desgarra el cielo. No tienes tiempo. Corre.

No tienes tiempo. Haz, no pienses. Swish, swish.

No pienses, corre, actúa y equivócate. Tienes que crecer.

Crece, vuelve a equivocarte, corre. Swish, swish.

¿Adónde vas?

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