martes, 4 de junio de 2013

Las cadenas del mundo


Esperaba ya cruzar la maldita puerta, pero algo se lo impedía. Sus piernas se habían acortado y pesaban cada vez más, su vista se nublaba al punto que daba un nuevo paso. El resuello fue respondido por el eco de sus propias pisadas en el mármol del pavimento, al que sus ojos veían más cerca. No podía avanzar más. Notaba un peso enorme en los hombros, el cuello agarrotado, un zumbido incesante en sus oídos. Olía a putrefacción por todas partes y se preguntó si era él quien desprendía esos efluvios. Grandes puertas de madera. Ahí estaban. ¿Por qué no se abrían?

¿Sabéis aquella sensación que siente el preso cuando, por fin, puede inhalar aire fresco? Sí, ésa bocanada que revitaliza el alma, que consigue que la oscuridad se convierta en luz y luego en esperanza para poder andar luego hacia adelante y no tropezar. Justamente ésa. Ésa que nos es negada a cada paso que damos. De repente sintió que sus pies no querían seguir hacia adelante. No, no querían, pero él sí. Oyó voces que provenían de algún lugar que no podía ver.

–No, por ahí no. No queremos que vayas por ahí. Baja la cabeza. Sométete. Arrodíllate. Sucumbe a la presión. Obedece. No nos mires a los ojos, sólo escucha. Quédate donde estás, obedece, no pienses, obedece, no hables, obedece.

Sacudió la cabeza y notó una punzada en el cuello. Intentó frotar la piel enrojecida, pero aparentemente su brazo había decidido no moverse. El dolor no es aliviado y la desesperación tampoco. Pensó que quizá, con un último esfuerzo, alcanzaría la puerta y todo habría acabado. ¿Qué otra salida le queda al que sólo tiene una idea en la cabeza? Cuando los caminos se cierran progresivamente y no se reúnen las fuerzas suficientes para trazar uno nuevo, la oscuridad se convierte en la rutina habitual. Volvió a pisar el mármol otra vez, intentando convencerse de que seguía vivo. Menuda estupidez, ¿verdad?

–No, por ahí no. No queremos que vayas por ahí. Baja la cabeza. Sométete. Arrodíllate. Sucumbe a la presión. Obedece. No nos mires a los ojos, sólo escucha. Quédate donde estás, obedece, no pienses, obedece, no hables, obedece.

Él no esperaba nada que no pudiera conseguir por sus propios méritos. Cuando otros juegan con el futuro como si de una casa de muñecas se tratase, los damnificados siempre son los que viven en el sótano. Cada paso se vuelve más doloroso y desesperanzador y oscuro y se erige una barrera que parece infranqueable, no hay vuelta atrás y no hay posibilidad de avanzar. ¿Por qué no se abren esas grandes puertas de madera?

¿Sabéis aquella sensación que siente el preso cuando, por fin, puede inhalar aire fresco? Sí, ésa bocanada que revitaliza el alma, que consigue que la oscuridad se convierta en luz y luego en esperanza para poder andar luego hacia adelante y no tropezar. Justamente ésa. Ésa que nos es negada a cada paso que damos. Parece difícil reconquistar lo que se tuvo para llegar a un lugar nuevo. Pero no, él no podía seguir hacia adelante. En una esquina, de cuclillas, la cabeza entre las rodillas. No sabía donde se encontraba.

–Obedece. Hazme poderoso. Dame tu poder a mí. No pienses, sólo escucha y repite. Quiero tus derechos. Te doy mis obligaciones. Te utilizaré y absorberé tu sangre hasta que no te quede una sola gota. Quiero tu aliento, arrodíllate ante mí. Obedece.

Olía a putrefacción por todas partes y se preguntó si era él quien desprendía esos efluvios. Cuando ya creía que era incapaz de comprender, lo supo. Síndrome de Estocolmo. Algunos aprenden a amar la cárcel que los mantiene en una aparente seguridad mientras otros controlan sus vidas. ¿Para qué luchar si se puede obedecer? ¿Puede ser feliz el que obedece?

La ilusión de vida mantiene al títere con las cuerdas en su lugar mientras otros, sentados en cómodas butacas de piel, contemplan el teatrillo del mundo.

–No, por ahí no. No queremos que vayas por ahí. Baja la cabeza. Sométete. Arrodíllate. Sucumbe a la presión. Obedece. No nos mires a los ojos, sólo escucha. Quédate donde estás, obedece, no pienses, obedece, no hables, obedece. Hazme poderoso. Dame tu poder a mí. No pienses, sólo escucha y repite. Quiero tus derechos. Te doy mis obligaciones. Te utilizaré y absorberé tu sangre hasta que no te quede una sola gota. Quiero tu aliento, arrodíllate ante mí. Obedece.

No podía avanzar más. Notaba un peso enorme en los hombros, el cuello agarrotado, un zumbido incesante en sus oídos y, aturdido, intentó levantarse de nuevo. Esta vez oyó algo moviéndose detrás de sí. No volvió a abrir los ojos y cayó al suelo. Pero se alza de nuevo mientras, a lo lejos, alguien estalla en carcajadas.

–Bien. Obedece. Trabaja para mí. Nacerás y morirás, pero tu vida será mía mientras tus pulmones consuman el aire que me pertenece. Porque el mundo es mío y en él mantengo mis cadenas. Y nunca seréis libres.

La ilusión de vida mantiene al títere con las cuerdas en su lugar mientras otros, sentados en cómodas butacas de piel, contemplan el teatrillo del mundo.

¿Es eso lo que quieres?

No hay comentarios:

Publicar un comentario