martes, 10 de septiembre de 2013

Intifada


Tenía la boca llena de barro. La sangre emanaba profusamente de alguna de sus piernas y el estallido de la bomba seguía alojado en su cabeza. Intentó levantarse, pero tenía algo encima. Logró estirar un brazo y sus dedos palparon un rostro húmedo. Miró su mano teñida de carmesí e intentó hacer palanca para liberar las piernas. El tiroteo aún no había cesado, aún no, allí fuera no había lugar para el descanso. Ahmed no pudo retener una lágrima, tampoco lo consiguió con la siguiente. Poco a poco recobraba la vista. 

El edificio se había desplomado sobre sus cabezas. Apenas podía ver nada más que escombros y cuerpos, algunos amontonados, otros esparcidos por el suelo de lo que había sido un punto de distribución de comida para refugiados. Ahmed, el pequeño Ahmed, el niño que jugaba con palos y piedras, pronto había aprendido a lanzarlos contra los tanques. Esos tanques que ahora él podía oír, pues aún circulaban fuera, allí fuera, por la calle, como si ya hubieran ganado la guerra. Casi sin querer, Ahmed empezó a orar mientras seguía observando la estancia. Ya no había techo, y pudo ver cómo los aviones del enemigo surcaban los cielos del mismo modo que el espíritu de Ahmed lo hacía cuando imaginaba que allí, en algún lugar, moraban sus seres queridos que ya no vivían con él. 

Consiguió ponerse en pie. Sus piernas apenas podían sostener su pequeño cuerpo, pero dio un paso. Luego dio otro, y después otro más. Ahora fijaba su vista al suelo e intentaba ver alguna señal de vida. Hasta que vio a su madre. 

Sangre, humo. La luz del sol cegó sus ojos. Apoyó su espalda contra la pared mientras veía a tres chicos armados con rudimentarios rifles semiautomáticos escondiéndose en el lado opuesto de la calle. Ahmed sacó un poco la cabeza. Sólo un poco. Lo suficiente para ver a una camioneta llena de soldados. Uno de ellos llevaba un lanzamisiles en el hombro. Ahmed hizo señas a los chicos. En vano. 

Sangre, humo y muerte. Ahmed hizo fuerza con la barriga contra el suelo, como si pudiera fundirse con él. Dejó atrás el punto de recogida. Su pierna herida pintaba una línea continua carmesí, pero se dio cuenta que ya no importaba. De repente, un edificio cercano empezó a derrumbarse y los bloques  de hormigón cayeron sobre varios soldados enemigos. Ahmed no pudo alegrarse por su muerte. Siguió reptando hasta que oyó un silbido penetrante. 

En otro lugar.

La bomba destruyó aliados y enemigos en un radio de cien metros. Las autoridades locales anuncian nuevas represalias contra el régimen invasor. Su líder ha dicho, literalmente, "aunque tengamos que defendernos con palos y piedras". Apagó la tele, hastiado, e hizo zapping. Quizá aún encontraría una buena película. 

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