viernes, 27 de septiembre de 2013

Sombras chinas

Piso acariciando el suelo con mis botas, como si no quisiera que nadie supiera que estoy ahí. Es de noche y sólo alcanzo a ver media luna tras las nubes. No hay estrellas, no hay más luz que la artificial que despiden unas farolas demasiado antiguas. No veo a nadie. Mis ojos lo escrutan todo y sigo notando miles de ojos observándome. Sus miradas se clavan en mi espalda, que empieza a sudar. Hace frío, mucho frío, y una gota se escurre por mi sien y se aloja en la barba de tres días. Sin querer, me encorvo como si eso fuera la solución a todos mis problemas y busco el tabaco con manos temblorosas. Se me cae el mechero, me agacho. Doy media vuelta. No hay nadie. 

Mis dedos trabajan hábiles liando el cigarrillo. Me he sentado, pues mis piernas no logran sostenerme más. Y en el momento en que uso el mechero, veo que hay una farola justo delante de mí y unas sombras se proyectan en el suelo. Hay mucha luz y, aún así, son muy negras, muy negras, demasiado negras y nítidas y las veo muy claramente. Hay un hombre y una mujer. Ella acuna a un niño en sus brazos y él los abraza protegiéndoles. Luego, veo una escuela llena de chiquillos jugando con un balón. Todo se emborrona y aparecen tres personas. Se pelean por algo y, de repente, una de ellas cae al suelo, inerte. Se difuminan dejando paso a un fuego, o lo que creo que es fuego, consumiendo una casa, de la que salen otras siluetas. Después, un velatorio. Después, hay un hombre y una mujer y ella acuna a un niño en sus brazos y él los abraza protegiéndoles. De repente, las sombras desaparecen. 

Inspiro el humo, temblando. Me cubro el tórax con los brazos, intentando protegerme de algo que no veo. Me levanto y sigo andando. Ahí está mi casa, ya llego a lugar seguro. Pero sigo notando mil ojos observándome y sus miradas se clavan en mi espalda. Sigue haciendo frío, mucho frío. Veo a alguien que sale de un portal escondido. Da dos pasos, llena sus pulmones del aire fresco de la noche y mira hacia arriba, con la espalda erguida, satisfecho. No me ve, él no me ve y sigo agazapado en una esquina mientras veo la puerta de mi casa, pero ese individuo se interpone en mi camino. Tengo miedo y no me atrevo a pasar por delante de él. Por qué, no lo sé. Arranco a correr, saco las llaves y abro la puerta. Subo las escaleras de dos en dos, abro la puerta. Vivo solo y no hay ninguna luz encendida. Mi cuerpo cae directamente en el sofá y sigo esperando a que salga el sol.  

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