lunes, 2 de diciembre de 2013

A la vuelta de la esquina

Me arrodillé y esperé. Había oído pasos detrás de ese muro bajo que tenía delante de mí. Agudicé el oído. Intenté no mover los pies. Creí que sólo había una persona, ahora resultaba que había dos y no supe qué hacer. ¿Qué hago? Llevaba mucho tiempo esperando este momento. Casi lo acariciaba durante las largas noches que había pasado encerrado. ¿Qué hago? ¿Lo dejo pasar? Aguanté la respiración. Se iba agarrotando mi espalda mientras oía una conversación. Rara. Muy rara. Pero poco me importaba. Yo quería actuar.

Seguía arrodillado y quise encender un cigarrillo. Pero pensé que, quizá, por caprichoso iba a jorobarlo todo. Ya me habían pillado una vez. Ahora no iba a pasar. Esta vez no. Seguí expectante e intenté calmarme. Como si eso hubiera sido posible. Notaba como si mil caballos corrieran por mi sien y jadeaba tanto que mi propio hedor me daba asco. Pero llevaba mucho tiempo esperando este momento. Ahí estaba, acariciándolo con la punta de los dedos. No, no iba a escaparse ahora. Ahora no. Pensé en sacar la cabeza lentamente, muy lentamente, por encima del muro e intentar ver qué pasaba al otro lado. Yo seguía oyendo voces y ya no sabía qué pensar, y como no sabía qué pensar me abracé las rodillas. Parecía un crío indefenso.

Me mordí el labio. Tenía la boca seca y me temblaban las manos. Me levanté sólo un poquito, lo justo. Lo justo. Oía aún las voces y pensé que yo solo podría con dos personas. Agachado, empecé a moverme hacia la esquina del muro. Poco a poco, sin hacer ruido. El viento mecía el graznido de las gaviotas, pero nadie podía oírme a mí. Esta vez no, no esta vez, no iban a pillarme. Llevaba mucho tiempo esperando este momento. Ahí estaba, ya lo sentía en mis manos. Y no, no lo dejo pasar.

Saqué el cuchillo justo antes de incorporarme. Dos gritos y a correr. No recuerdo cuánto corrí aquella noche. Sólo sé que no paré. No paré en ningún momento. E incluso cuando ya las había perdido de vista, seguí corriendo. Sentí sus pasos detrás de mí. Seguía corriendo, corriendo y no me cansaba. Yo no podía cansarme. El cazador nunca se cansa.

Corría y no dejaba de correr. Estaba cerca, lo sabía. Tuve un escalofrío y supe que moriría aquella noche. Aquella noche y no otra, porque las presas deben cumplir su destino. Ya no veía nada ante mí, pero no me atrevía a voltear la cabeza. No quería saber qué podía perseguirme. Corría y no dejaba de correr, y tuve miedo.

Me desperté por la mañana, la espalda sudada en pleno invierno y las mantas en el suelo. Abrí bien los ojos y oteé la habitación. Quise asegurarme de que todo era un sueño. Quise que todo fuera mentira. Hasta que vi el cuchillo en mi cama. Las peores pesadillas siempre están a la vuelta de la esquina.

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