martes, 28 de enero de 2014

El eterno retorno

Una calle. Coches a lado y lado. Una cruz en lo alto de un campanario y un bar. Justo en aquel momento, oí un trueno y empezó a llover. El viento soplaba cada vez más fuerte y yo, de pie, me arrebujé en la tres cuartos. Alcé la vista y vi que se ponía ya el sol. Olvidaos de los lienzos que pintan los poetas cuando quieren que veáis el ocaso. Gris era todo lo que yo podía ver. Oía una música capaz de alzar un ejército de almas en pena, pero no sabía de dónde podía venir. Empecé a andar sin rumbo fijo mientras la lluvia empapaba mi ropa, y el pelo caía húmedo ante mis ojos. Tropecé, intenté reponerme. Forcé la vista para ver, pero las piernas cada vez pesaban más. Abrí la puerta de aquel antro en el que jamás habría puesto los pies, pero estaba vacío. Volví a salir. Cada vez llovía más y más, y el viento apenas me dejaba caminar. Estaba solo, y solo tendría que seguir. La pregunta siempre será hacia dónde.

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