lunes, 16 de junio de 2014

Hastío

Casi le parecía que las manchas que veía en el pavimento del suelo eran cómicamente idénticas. Se le revolvía el estómago y sentía náuseas, y tenía que sentarse en el primer banco que encontraba. Cuando salía a la calle, miraba las caras de los que pasaban a su lado. La más firme y segura indiferencia. Se preguntaba, entonces, qué debían pensar. Ante la enorme magnitud de tal empresa, decidía que prefería cagarse en la puta de oros porque no entendía una mierda. Así, crudo. Sin ir más allá, prefería seguir escudriñando rostros buscando las respuestas que ella quería, siempre lanzando preguntas silenciosas que jamás serían respondidas. ¿Para qué?

Casi le parecía que seguía respirando el mismo aire sucio y sofocante un día tras otro. Se le revolvía el estómago y sentía náuseas y su cuerpo apenas era capaz de soportar la enorme tensión. A veces le fallaban las piernas y se decía a sí misma que no, que debía ser algo psicosomático y que probablemente podría sostenerse aún más y alzarse más fuerte y esas chorradas que se cuentan en las reuniones de apoyo. La más firme y segura indiferencia, ese perfecto escudo ante la realidad que ella era incapaz de hacerlo propio. No era más estúpida que el perro que meaba en aquella esquina, pero se sentía por debajo de él. Sin ir más allá, prefería seguir escudriñando rostros buscando las respuestas que ella buscaba, sintiéndose sucia. Cada día más sucia.

Casi le parecía que seguía estando en el mismo cuerpo que el día anterior. Las estrellas ya no estaban allí para ella. Quizá se fueron, quizá no quería verlas, quizá fue ella.  De repente, se sintió muy cansada. No sabía por qué, no quiso saberlo, no pensó más acerca de ello. Y entonces pensó que quizá. Pensó que quizá sería culpa suya, que no. Que no, que cómo iba a ser culpa suya, que era culpa del mundo que la rodeaba. Que no quería seguir dándole vueltas. Que no, que ella no se merecía eso, que por qué. No era más estúpida que el perro que meaba en aquella esquina, pero se sentía por debajo de él. Así, crudo. Sin ir más allá, prefería seguir escudriñando rostros buscando las respuestas que ella quería, siempre lanzando preguntas silenciosas que jamás encontrarían un lugar donde echar raíces. ¿Para qué?

No hay comentarios:

Publicar un comentario