jueves, 17 de julio de 2014

Vuelta a empezar

Ella se miró al espejo. El día anterior también se miró, pero no la vio. Una arruguita al lado del ojo izquierdo. Luego vio otra exactamente igual en el derecho. Pensó que en algún momento tenía que llegar eso. El tiempo.

Los que han sonreído mucho tejen, con los años, telarañas alrededor de sus ojos, como si fueran un trofeo imborrable, un recuerdo de la felicidad pasada. No era su caso. Ella hubiera querido que así fuera, pero no. Cuando se aplicó la base de maquillaje para ocultar esas dos pequeñas arrugas, pensó que era una advertencia imborrable, un recuerdo de una felicidad que no tuvo jamás. ¿Sería tarde?

Se sentó en el metro mientras leía el diario gratuito matutino. Vio a un hombre mayor, con arrugas en los ojos. Parecía muy cansado, los ojos clavados en el suelo. Se levantó como un resorte.

-Duermo en la calle. No tengo familia. No tengo para comer. ¿Una moneda?

Ella le miró fijamente a los ojos. Sí, tenía la cara surcada de arrugas, vejada por las inclemencias del tiempo. El viejo le sonrió y ella le dio una moneda. Pequeña. Él le dio las gracias aún con esa sonrisa.

Hastiada, bajó del metro y chocó con una pareja que no había visto. Bronceados, jóvenes y sin arrugas.

-Lo siento.

No recibió respuesta alguna mientras fruncían el ceño y la miraban con desprecio. Me miran como si fuera una mendiga, pensó. Miró el reloj y vio que llegaba tarde al trabajo. Y qué más da.

No importa nada. Todo termina en nada y sólo hay una pequeña marca de ceniza que dejar en el mundo. ¿Para qué seguir adelante si sólo anidan en mí la ira, la rabia, por qué? Seré la primera y la última persona en abandonar el mundo porque todos los demás sienten y viven  como yo.

Ella se miró al espejo. Dos arrugas más. Y vuelta a empezar.

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