lunes, 27 de octubre de 2014

Siempre, en el último momento

Me dejo caer, rendido. El mar en calma, la luna reclamando mi atención. Me ajusto la tres cuartos y miro allá a lo lejos, donde ya no quedó nada más para nosotros. Un atisbo de luz, tres horas y nada por delante. Me dejo caer, rendido, mientras pienso que ya no me quedan ganas de seguir hacia adelante.

Me dejo caer, rendido. Soy un octogenario que ha vivido demasiado y, en el ocaso de mi vida, sólo quiero descansar. Mientras el mar está en calma y la luna sigue reclamando mi atención, pienso en todo lo que dejo atrás. Sólo fue un atisbo de luz, un instante fugaz. Casi como si sólo durara tres horas y ahora, ya en el fin de la catarata de la vida, en ese súbito instante, me doy cuenta. Si supiérais lo estúpido que llegué a ser. Sí, lo fuimos. Sólo fue un atisbo de luz. Nada por delante.

Las olas, cual ariete, pretenden derrumbar el acantilado en el que estoy sentado. Nada por delante, nada por detrás. La vida es una función de prestidigitación, con trampa y cartón, en la que todo es un teatro de sombras. Es ahora, justo ahora, cuando lo veo, cuando ya no me quedan ganas de seguir hacia adelante y, en el ocaso de mi vida, sólo quiero descansar.

Casi puedo sentir el arrepentimiento adueñándose de todo mi ser. Un ser ya marchito y que no volverá atrás. Ya no nos quedará nada, ni a ti ni a mí, pienso mientras nosotros hacemos arder el mundo. Porque cuando toda la humanidad se dé cuenta, un atisbo de luz, nada por delante y llegará el llanto. Me dejo caer, rendido, mientras pienso que ya no me quedan ganas de seguir hacia adelante ni fuerzas para pensar. Pensar qué hicimos mal. Qué hicimos mal mientras el ser humano destruía el mundo entero. No habrá futuro, no habrá paz. Ya no quedó nada más para nosotros.

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