miércoles, 5 de noviembre de 2014

Las siete últimas voluntades de Scrooge

Solté el bolígrafo y miré mis manos. Con ellas había hecho sufrir, llorar, y quise, por última vez, hacer algo bueno con ellas. Ante mí, hojas y hojas en blanco. Otras, amarillentas y ajadas, llenaban la minúscula superficie de mi cubículo. Mis últimas horas de vida. Yo, Scrooge, os digo que mi tiempo pasará. 

Cuán difícil había sido vivir en mis tiempos.  Ahora sólo puedo regresar al hogar, a ese palacio cuyos pasillos conserva cálidos mi memoria, y es ahora cuando comprendo. Páginas y páginas, ríos de tinta que cayeron en saco roto. Existo en ellos, existí a pesar de ellos. Me acordé de sus palabras, quise ser ella otra vez.

Por eso escribía. La escritura es la expresión del loco que se sabe incapaz de contar lo que surge en su interior de otro modo. Es figura y consumación de algo que todavía está en marcha, que supone un inicio y un final ficticios, inexistentes, que se pierden en una maraña incesante de ideas, sentimientos. Es el bello arte de trabajar con la palabra, con el lenguaje, puro artificio que se pone al servicio de algo abstracto o viceversa. La escritura enfrenta orden y caos en una batalla eterna. Un orden impuesto por una estructura discursiva, lingüística, que trata de organizar el gigantesco caos que es el texto del mundo, un texto en un escribir continuo que no finaliza jamás. Es la racionalidad frente a la emoción, un tango de la muerte que tiene un resultado que se acerca más a lo sublime que a lo bello*.

Loco. Loco estoy, y así moriré. Quiero volver a vivir todas esas vidas, quiero volver a ser yo, Scrooge, y desprenderme de esas molestas hebras de plata que me cuelgan del mentón y volver a ser joven. Volver a volver volver y entonces regresar al hogar, a ese palacio cuyos pasillos conserva cálidos mi memoria. Demasiadas vidas por vivir. Tantas, que no viví la mía.

Solté el bolígrafo y miré mis manos. Ya casi me había llegado la hora y, en ese último instante, quise ser yo mismo, Scrooge, y vivir tantas vidas como fuera posible. Cumplir de nuevo mis siete últimas voluntades y volver a existir, a pesar de todo ello. Me aferré a la vida como sólo un estúpido ser humano puede hacerlo. Ahondar en mí mismo, en ti, en mi esencia, en lo que somos. Quise ser yo, tú, todos, y al final sólo escribí. Con mis manos había hecho sufrir, llorar y quise, por última vez, hacer algo bueno con ellas.

Tomé siete hojas. Siete hojas amarillentas, ajadas, antiguas. Viejas compañeras. Mis siete pecados. Ira, envidia, pereza, gula, avaricia, orgullo, lujuria. Quiero volver a cometerlos antes de morir. Porque lo quise todo. Porque por algo soy humano, soy hijo del tiempo y yo, Scrooge, volveré.


*Extraído de "Esquizofrenia del mestizo".

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