miércoles, 4 de febrero de 2015

Dispuesto a combatir

Una rodilla clavada en el suelo, el rostro lleno de barro y la mirada al frente. Una sonrisa y el ímpetu de aquel que sabe que es joven y que la vida, llena de batallas, es una larga guerra que aún hay que ganar. Siempre hay un lugar desde el que observar las estrellas. Incluso en los peores momentos, en los lugares menos apropiados. Y, desde allí, observar la inmensidad del infinito. 

Nunca luchó solo. Otros estaban junto a él. Siempre, siempre. Jamás estuvo solo. Pero llegó el día.

Siempre llega el día en que giras la vista a la izquierda y no hay nadie. La giras a la derecha y no hay nadie. Caes en la cuenta de que si caes hacia atrás nadie te sujetará. Solo. Dónde estaban los demás, nunca lo supo. Los héroes no ganan las batallas, las ganan los ejércitos, pensó él. 

La fe es para los incautos y los inocentes, pensó. Apretó los puños e intentó ponerse en pie. Apoyó bien el pie e hizo fuerza con la otra pierna. Una lágrima surcó la tierra que cubría sus mejillas. Sólo oía su propio resuello. Ni siquiera los buitres, que tanto aman los campos de batallas sembrados de carne humana, quisieron acercarse. No hay nada más temible que la soledad. 

Nunca luchó solo, pero ahora, justo ahora, debía luchar por sí mismo. Quién lo iba a decir. 

Derrotado.

Siempre llega el día en que fijas la vista al frente y ves qué puedes ser. Lo que harás, lo que conseguirás. Que la vida siempre será más de lo que tú puedes abarcar, de lo que puedes concebir, y no. No sólo eres tú. No estarás solo, aunque creas que sí lo estás. Otros estarán igual que tú. 

Uníos. Luchad. Este mundo no es para vosotros y jamás lo será. Seréis lo que queráis ser. Hoy y mañana. Y siempre. Recordad que, si estáis dispuestos a combatir, siempre existiréis en el mundo. 

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