lunes, 1 de junio de 2015

Fronteras difusas

Quiso huir del mundo. Abrió el armario, se metió dentro y vio negros nubarrones que amenazaban tormenta. Cerró la puerta y se estiró en la cama. Un ave fénix, majestuosa y señorial, se posó en el cabezal de la cama. Ella miró directamente a los ojos del rey, expectante. Se puso las zapatillas y el albornoz y con ellos se sintió la mayor superheroína del mundo. El fénix, ya su gran amigo, volvió a alzar el vuelo. En la sala de estar, donde antaño se sucedieron innumerables combates en los que se decidía el sino del mundo, ella vio podía hacer justicia a la historia. Se sentó en el sofá, aquel trono en el que nació el Rey Pescador.

Encendió la televisión y puso la teletienda, remedio lobotómico donde los haya. De repente, sintió un cosquilleo en la espalda y vio al fénix, su rey, acariciando su espalda con una de sus alas. Como si quisiera decirle algo. Como si todo quedara dicho. Pensó que, quizá, sólo quizá. ¿Quizá qué? Quizá podría solucionarlo todo.

Un ave fénix, majestuosa y señorial, que observa a los insignificantes humanos. Ella, una, singular e irreductible, sigue sentada en su sofá, viendo a ese señor tan raro que lleva las gafas del revés y se pregunta por qué ella, insignificante hormiguita, se encuentra de repente en los altos picos nevados del Klondike sin más abrigo que sus zapatilas y su albornoz. El fénix, santo Rey Pescador, se acercó y preguntó, susurro mediante: "¿Acaso es tan importante?".

Ella fue un ave fénix, majestuosa y señorial, mientras permanecía sentada en su sofá. Los anuncios televisivos de madrugada. De repente, dudó. Todos habéis dudado más de una vez. Todos habéis luchado y habéis caído, pero ella, paladín de las causas perdidas, no quería renunciar. Ante qué. Ante quién. Quién sabe. Sólo un fénix, después de renacer de sus cenizas, sabe en qué puede convertirse el mundo.

Aguas menores, y ella se levantó del sofá. Levantó la tapa, agarró el bote del champú y leyó un vetusto códice babilonio, en el que se detallaba el origen del universo. ¿Qué?

El dosel de la cama crujió al correr las cortinas. En la cama, había una princesa estirada. Pelo recogido en una trenza, pecas en la nariz. Era ella, y ella estaba estirada en la cama mientras ella observaba a quien dormía. Ella, de pie, vestía el albornoz curtido en mil batallas mientras ella, tumbada, llevaba un vestido con pedrería fina en el escote y sin mangas. El fénix se posó en el alféizar de la ventana y observaba. Sólo miraba mientras ella, poco a poco, se adentraba cada vez más en su demencia. La misma que vivimos todos día a día.

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