jueves, 30 de julio de 2015

Panthalassa

–Debemos separarnos. 

 De repente, ella sintió que todo se derrumbaba. De repente, comprobó que su mundo, antaño fuerte, compacto y resistente, se había ido transformando progresivamente en un castillo de naipes. Un vacío en su mente, un hueco donde antes latía su corazón. Sin mediar palabra, ella se fue. Echó a andar entre los transeúntes, siendo consciente de las vidas que, tras sus inexpresivos rostros, eran campos de liza de otros tantos avatares. 

 Se sentó en un banco y observó. Vio al niño pequeño, que sonríe cuando recibe cariñosas palabras. Vio al anciano que, a pesar de apenas ver, era feliz sintiendo la brisa en su rostro. Ella creyó que eso era bueno, pero quizá era poco para sí. No existen lonas de seguridad para los que cometen errores. No hay segundas oportunidades, no hay nuevos comienzos ni otras ocasiones de principiar lo que ya murió. Todo eso pensaba ella mientras observaba la dulzura del rostro de aquel pequeño. De repente, vio que un hombre joven estaba a su lado. Pelo hasta los hombros, vestido de negro, con lentes oscuras.

–Dime, ¿qué es lo que ves?

–Lo que yo nunca tuve. Lo que nunca tendré. Y lo que siempre deseé. 

–No lo quisiste cuando lo tuviste a tu alcance. ¿Quieres comprobarlo? 

Todo lo que veían se fundió y cobró otra forma. Vio a una mujer dando a luz con grandes trabajos, mientras la partera gritaba que empujara. Ella reconoció a su madre. 

–Ese fue el momento. Madre Eva murió ahí y naciste tú, fuerte y sana. ¿Lo recuerdas? 

 Otro fundido. Un orfanato. Niños corriendo, jugando, alborotados. Una de ellas está sentada en un rincón, aislada. Sola. De nuevo, vio a una jovencita en clase. Alta, guapa, mas muy callada y con la mirada perdida. 

–Sí,–dijo ella–la vida menos épica de la historia. 

–Y a pesar de todo, no la valoraste. Ahora, debes separarte del mundo y qué, ¿qué te queda? Tiempo perdido y lamentos. 

 Una lágrima surcó la tersa piel de su rostro. Quizá ya era tarde. Quizá, cuando Panthalassa aún era una, también tuvo miedo. Quizá todo tuvo un tiempo. Y, como todo lo que tiene un tiempo, tiene un principio y un final, porque el discurrir del río no se ve obstruido por nada. Ni por nadie.

 Aquí estoy ahora, escribiendo mis últimas palabras. Quizá Panthalassa no tuvo miedo cuando Pangea se rompió en pedazos, pero yo sí. El mundo, gigantesco y oscuro, me engulle y, ahora, ya es demasiado tarde. Me siento como si fuera un pedacito de mantequilla untada sobre demasiado pan. Ya es tarde para mí y, ahora, en el ocaso de mi existencia, estoy terriblemente asustada. No, no existen segundas oportunidades. Y a ti te digo, mortal, que no cometas mis mismos errores. Al fin y al cabo, si yo, Gea, perezco, moriréis todos. 

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