lunes, 14 de diciembre de 2015

Autobiografía de una mota de polvo

Él se sentó en el sofá más o menos a la misma hora que el día anterior. La mediocridad de tal acción casaba de un modo flagrante con el resto de su vida: cansina, asfixiante. El televisor, casi tan anodino como todo lo demás, permanecía apagado, quizá esperando que su vida –que su propia vida– se reanudara en algún momento. 

Él, de repente, miró a su alrededor y su vista se posó en esa pantalla negra, llena de polvo. Un minuto. Cinco. Diez. Él tenía todo el tiempo del mundo para esperar, cómodamente, al vacío más absoluto del mundo.

Encendió el televisor más o menos a la misma hora que el día anterior. Sandro Rey, adalid de los que tienen tiempo que perder, hizo su habitual aparición en el plasma mientras él, ya con uno de los ojos cerrados, intentaba mantenerse despierto.

De repente, oyó una explosión. Cerca. Muy cerca. Él se levantó, miró hacia ambos lados y dedujo que algo había ocurrido. Sintiéndose harto perspicaz, se rascó la cabeza, suspiró, volvió a sentarse. 

¡BUM!

Mierda, ¿qué está pasando? ¿Una explosión de gas? ¿Una bomba? ¿Me atacan los marcianos?

Salir. Tengo que salir. Rápido. Ya.

Corrió hacia la puerta (sí, correr). Bajó los escalones de dos en dos. Tropezó dos veces.

¡BUM!

Le temblaban las piernas. Abrió una puerta. Abrió otra. El portal, antaño sucio y desvaído, ardía en llamas.

Oyó una voz. Un grito, un lamento. Otra. Giró la cabeza y vio que ya no había escapatoria. Encerrado. ¿Para siempre? 

Siguió andando, hacia adelante, a través del fuego.

Se levantó. Temblaba. La sábana, blanca, se había enredado en sus piernas. El gotero, su inseparable, seguía a su lado mientras el señor que solía yacer en la cama de al lado tosía. El cáncer corroía sus entrañas. Él no, él tenía otra cosa. La posibilidad de volver a empezar. No iba a morir... pero solo podía huir hacia adelante. 

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